Último Hilo Publicado: #HiloDeTodosLosSantos

Después de un año sin contarlo a nadie, creo que ha llegado la hora de poner por escrito lo que me pasó tal noche como esta, víspera de Todos los Santos, en una iglesia de mi ciudad. Una historia de terror que marcó mi vida #HilodeTodosLosSantos
#DíaDeTodosLosSantos #SaintStories
Desde la muerte de mi padre, en julio de 2016, había entrado en una crisis vital bastante importante.
No entendía que un hombre tan bueno como él, un hombre que se daba siempre a los demás y con tanta vida aún por delante, hubiera muerto de esa forma tan cruel, con tanto dolor.
El cáncer lo había ido consumiendo, robándole la vida quimio a quimio, radio a radio… Aunque él no se quejaba. Siempre respondía con una sonrisa cuando le preguntabas cómo estaba.
Era un hombre creyente, iba mucho a su parroquia, pero a mí nunca me había ido ese rollo. Me decía que su fe le ayudaba, pero yo no podía creer en un Dios que permitiera el sufrimiento.
Aquella madrugada del 31 de octubre al 1 de noviembre de 2018 había bajado al centro de Málaga a tomar unas copas.
La verdad es que el alcohol se había convertido en mi refugio mental. Durante unas horas podía dejar de pensar en el porqué de la vida, en el porqué de la muerte.
Cuando regresaba a casa, a eso de las 2 de la madrugada, me llamó la atención que la puerta de la parroquia de los Santos Mártires (uno de los templos históricos de mi ciudad) estuviera abierta a esas horas.
La verdad es que el aspecto no era el de una iglesia abierta, sino que parecía más bien que a alguien se le hubiera olvidado cerrar la puerta pues, de las dos hojas, solo una estaba algo entornada.
Hacía siglos que no entraba a una iglesia, y el aspecto de la puerta invitaba poco a pasar. ¿Y si ha entrado alguien a robar y al verse sorprendido me ataca? ¿Y si, al entrar, salta la alarma y se creen que el ladrón soy yo?
Pero ya sabéis cómo es el alcohol…
Te excita la curiosidad, te hace perder el miedo y te empuja a cometer imprudencias. Así que entré.
La Iglesia de los Santos Mártires Ciriaco y Paula de Málaga, para quien no la conozca, es una joya con más de 5 siglos de historia. De estilo rococó, su interior es un cañonazo para los sentidos, por su profusión de motivos en paredes y techos.
Es el templo más cofrade de la ciudad, son varias las hermandades que tienen allí su sede y en sus capillas se veneran multitud de imágenes.
Me tranquilizó que, nada más cruzar el umbral, escuchara el sonido del órgano. Aunque la melodía era más bien fúnebre, me hizo pensar (tonto de mí) que no había nada que temer.
¿Un concierto de órgano a las 2 de la madrugada? Recordadme que no vuelva a pedir la ginebra esa rosa para el gin tonic, que engaña.
Las naves central y laterales estaban a oscuras, y solo estaban encendidas las luces del retablo. Todos los bancos estaban vacíos.
Todos menos uno.
En la segunda fila había una chica joven arrodillada.
Me senté en el último banco esperando entender la situación. ¿Quizá es que abren la Iglesia por la noche para que la gente venga a rezar?
De repente, un escalofrío recorrió mi espalda. El grito de un niño retumbó en toda la Iglesia e hizo que el sonido del órgano se detuviera.
Era un grito desgarrador, como si alguien lo estuviera torturando. Me levanté de un salto para ver de dónde podía venir, pero me fijé en que la chica de delante ni se había inmutado.
Instintivamente me adelanté para preguntarle si sabía qué pasaba. Ella seguía de rodillas en el reclinatorio y, mientras me acercaba por detrás, me di cuenta de que, apoyada en el asiento del banco, tenía una bandeja de plata.
Mi corazón que debía estar a 140 pulsaciones por el susto, pasó a quedarse paralizado en un instante al comprobar que lo que había sobre la bandeja eran dos globos oculares ensangrentados ¡dos ojos!
En ese momento, la chica notó mi presencia y comenzó a girarse.
Yo ya no estaba seguro de querer verle la cara. ¿Y si fueran sus ojos? Además, al acercarme me había dado cuenta de que no vestía como una chica de hoy. Llevaba una especie de túnica e iba descalza.
Mientras volvía sobre mis pasos pude ver cómo de una de las capillas laterales, aparecía un señor con barba.
“¡Qué bien, el cura!”, pensé, porque llevaba lo que parecía una biblia y un rosario.
Al verme, comenzó a caminar hacia mí y, mientras salía de la penumbra, el brillo de algo que llevaba en la mano me hizo temblar aún más si cabe. ¡Era un hacha!
¿Sabes cuando en un sueño tratas de gritar y no puedes? No sé qué tipo de sonido emití entonces, pero una especia de chillido sordo, como el de una rata mientras corría hacia la puerta de salida.
¿Quién me mandaba a mí meterme solo en esta lúgubre y tenebrosa iglesia? Al llegar a la puerta, ¡Mierda! Cerrada a cal y canto.
Mientras buscaba a tientas algún pestillo, algún cerrojo que poder abrir, el helador grito volvió a resonar con el eco propio del templo, pero ahora no era un niño solo, parecían dos o tres.
¡Ay Dios mío!, un Señor con un hacha, una chica con dos ojos en una bandeja y esos gritos. Mi cabeza no podía dejar de pensar en escenas terribles.
Desesperado, decidí buscar otra salida. La iglesia tiene dos puertas, ¿estaría abierta la otra? Vale la pena intentarlo. Mientras corro hasta el fondo del edificio me percato de que hay una monja que me llama con la mano.
Parece estar indicándome cómo escapar. Con la boca seca, corro hacia ella y al acercarme compruebo que tiene una herida abierta en el centro de su frente, ¡como si le hubieran pegado un tiro, pero ella sonríe!
La macabra visión me hizo sentir náuseas y mareo. Todo empezaba a dar vueltas.
Corrí hacia el centro del templo mientras una multitud de personajes sombríos empezó a aparecer desde todas las capillas laterales dirigiéndose hacia mí.
Una especie de monaguillo con una cruz en la mano y la mirada perdida –vueltas y más vueltas–.
Dos jóvenes con la cara llena de moratones y con una ramas de palmera en las manos –vueltas y más vueltas–.
Un fraile con una oveja –¡que alguien atienda a esos niños por Dios, que dejen de gritar!–
Y hasta un obispo con cara de ¡Santa Claus?
No podía más, me iba a volver loco, mi corazón iba a estallar, mis pulmones no podían retener el aire, mi cabeza giraba y giraba… Me tiré en el suelo en posición fetal, ¡quería que todo acabara! Y acabó en un fundido a negro.
No sé cuánto tiempo había pasado cuando un rayo de sol que entraba por una de las ventanas me despertó apuntándome a la cara. Estaba tendido sobre la moqueta roja que alfombra el pasillo central, en mitad de la iglesia.
Enseguida di un bote y me puse en pie.
Asustado miré a un lado y a otro. Ni rastro de aquellos misteriosos personajes. Solo el graznido de las gaviotas que anidan en la cúpula rompía el habitual silencio del templo. Ni gritos, ni órgano.
De pronto, el sonido de una cerradura y el chirrido de los goznes de la puerta de la Iglesia. Era un señor mayor que, en principio, no se percató de mi presencia. Tenía la frente despejada y una larga y espesa barba blanca.
Abrió las dos hojas de la puerta, luego se volvió hacia el altar, se arrodilló y se santiguó y fue entonces cuando dio un respingo al cruzar su mirada con la mía.
–¡Pero oiga, qué hace usted aquí!
–¡Gracias a Dios que ha llegado! ¡Me quedé encerrado anoche! ¡Ha sido horrible!
–Lo de que te has quedado encerrado se lo dirás a la policía. Porque tú debes ser el que vacía los cepillos. ¿Qué pasó? ¿Por dónde has entrado ladrón?
–¡Que no, se lo juro! Llevo años sin pisar una Iglesia, anoche pasé por la puerta y estaba abierta. Había bebido. Entré movido por la curiosidad y pasaron cosas horribles, ¡horribles! –sollocé–
Al ver mi expresión, el abuelo entrañable se conmovió y se dio cuenta de que no mentía.
–¡Hijo mío, no llores! A ver, cuéntame más. Dime qué ha pasado.
Mientras le relataba mi pesadilla, él parecía divertirse. A cada frase, a cada explicación de cada macabro detalle, respondía con una carcajada. Tenía una risa muy divertida que me hacía sentir bien, confiado, como en casa…
A mí me daba igual que se riera, porque lo que yo tenía era necesidad de contarle a alguien lo que me había ocurrido.
Cuando terminé, el anciano me echó su brazo sobre el hombro y me dijo:
–A ver, ¿cómo te llamas?
–Antonio, me llamo Antonio.
–Pues mira Antonio, seguramente yo tengo una explicación para lo que te ha pasado esta noche. La puerta se la dejaría abierta el grupo de la adoración nocturna.
–¡Es la última vez que no me quedo yo a cerrar! –murmuró enfadado–
–Se ve que tú encontraste la puerta abierta, te diste un paseo por la Iglesia, viste los santos que se veneran aquí y como ibas algo mareado, pues te imaginaste lo que no era.
–¡Ven que te voy a presentar a mis amigos! –tiró de mí, que me resistía porque tenía aún el miedo en el cuerpo, hasta llevarme delante de una de las capillas laterales–.
–¡Te presento a Lucía! ¿U os conocéis ya? –se mofó–.
–Pero, si…
–Sí, sí, tiene un par de ojos en una bandeja. Da un poco de escalofríos, lo sé, pero tradicionalmente se la ha representado así y no lo vamos a cambiar ahora.
–Las leyendas sobre los santos hay que verlas con perspectiva y entender el mensaje que traen consigo, que no es escabroso ni triste, sino todo lo contrario.
–¿No has escuchado nunca eso de que un santo triste es un triste santo?, –rio mientras me daba collejas–
–Al parecer, Lucía era una cristiana del siglo III a quien un pretendiente la quería apartar de la fe. Se había enamorado de sus ojos y ella, que no le correspondía, se los sacó y se los envió para que se los quedara.
–Lo truculento de la escena no es lo importante, porque ni siquiera tenemos constancia de que sucediera realmente.
–Lo importante es que Lucía (que significa Luz) nos da un mensaje. ¿Cuál? Que la luz de la fe vale más que la que nos entra por los ojos. Tanto, que el que la tiene sería capaz de renunciar incluso a ellos por no perderla.
–¿Tú tienes fe, Antonio? Me preguntó.
–De pequeño la tuve… creo. Luego las circunstancias de la vida me sacaron un poco de la Iglesia y la muerte de mi padre me ha terminado de separar de Dios.
–Entiendo, entiendo –contestó con cariño–
Se produjo entonces un silencio incómodo que rompí enseguida al percatarme de la cercanía de otra de las imágenes. ¿Y esa monja? ¡Es la del tiro en la frente!
–Jajaja ¡No es un tiro hombre! Ella es mi amiga Rita
–¿Santa Rita la de “lo que se da no se quita”?
–Sí, sí. La misma. Dicen que ese dicho es una mala interpretación de otro que dice “siempre da y nunca quita”.
–Lo cierto es que aquí viene mucha gente a pedirle cosas y la mayoría sale contenta.
–Pues yo le pediría que no anduviera por ahí por las noches asustando a la gente.
–¿Lo dices por la herida de la frente? Al parecer, era un signo que hacía presente en ella la corona de espinas del Señor.
Muchos santos han sufrido mucho por enfermedades o persecuciones; pero este sufrimiento, lejos de alejarlos de Dios, los ha acercado a Él.
Porque te recuerdo, amigo mío, que nosotros creemos en un Dios que ha sido apaleado y crucificado. Así que, cuando sufrimos, Él está más cerca de nosotros, porque se ha querido acercar así a nuestro dolor.
–Mi padre sufrió mucho –le contesté–. Pero nunca lo había visto así. Siempre pensé que Dios se desentendió de él.
–¡Todo lo contrario! El Señor estaría seguro muy cerca de él durante su convalecencia por culpa del cáncer. Otra cosa es que uno no lo quiera ver, porque somos libres, pero estar, está.
¿Y por qué el camino es tan duro? Pues mira, yo los porqués se los dejo a Él, no me hago mucho lío. Si Él padeció, ¿qué le voy a reclamar yo? Yo solo sé que soy un pecador.
Aquí muchos amigos míos pensaron lo mismo en vida, miraban al crucifijo y simplemente lo abrazaban, sin pretender entender lo que no se entiende. Mira por ejemplo aquí al lado a Teresita de Lisieux
Fíjate que tiene el crucifijo en el pecho envuelto en rosas, porque le encantaban a la chiquilla. Y tuvo una enfermedad larga y penosa.
“Cuando muera, le dijo a sus hermanas, caerá una lluvia de rosas”. Y así ha sido, todos los que se encomiendan a ella reciben sus bendiciones
Acércate más al altar, ¿ves a ese mirando fijamente el crucifijo en la mano?
–¡El monaguillo! –salté, ya con menos miedo, porque la presencia del simpático anciano me llenaba de calma y seguridad–
–Bueno, sí, lleva el hábito de los novicios de los jesuitas, porque era joven, de hecho es el patrón de la juventud: Luis Gonzaga
Murió a los 23 años y se le representa así porque falleció, precisamente, mirando de esa forma al crucifijo, sin apartar la vista de él. No huyó de la enfermedad. De hecho se contagió de peste por ayudar a otros.
–Pero no lo entiendo –repliqué– ¿esta gente no le tenía miedo a la muerte ni al dolor?
–Primero no hables en pasado –me cortó–. Esta gente vivió hace muchos siglos, pero hay santos hoy a nuestro alrededor. Santo es todo aquel que deja que Dios actúe en su vida, porque santo solo es Él.
Y segundo, claro que le tienen miedo, pero la esperanza de la vida eterna es tan grande y tan apasionante (le brillaban los ojos mientras lo decía), que desaparece la natural angustia ante la muerte o la enfermedad.
Mira, me dijo señalando a la pila bautismal. Aquí en esta pila es donde ocurre todo. La gente piensa que solo se echa agua sobre la cabeza del niño. Pero no saben que ese niño entra a formar parte de la “asamblea de los santos”. ¿Tú sabes qué fiesta es hoy?
–Emm 1 de noviembre, creo, anoche fue Halloween.
–¡Qué Halloween ni Halloween! –me espetó mientras me daba una bofetada–. Perdona ¿te ha dolido?
–Un poco
–Pues te aguantas. Mira, hoy es el día de Todos los Santos. Es tu día y mi día. ¡Felicidades Antonio!
Por el bautismo, la santidad de Dios entró en nosotros, de tal manera que podemos decir que vivimos ya en el cielo. Solo que hay que descubrirlo. Y eso es lo que hicieron los santos, descubrir esa santidad que ya tenían porque se la habían dado.
Solo hay que creer en estas palabras de Jesús: Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados (tu padre tenía esta esperanza, por eso pudo morir feliz); bienaventurados los pobres, porque vuestro es el reino de Dios…
–¡Ay Dios mío, el del hacha!, le interrumpí
–No te preocupes, que no está afilada. Es Tadeo
En realidad se llama Judas, pero le decimos Tadeo para no acordarnos –susurró como quien no quisiera pronunciar una palabrota– del otro Judas, el Iscariote.
Se le representa con un hacha porque le cortaron la cabeza. Todo esto, repito, nos parece hoy muy macabro porque no estamos acostumbrados, pero hay que ponerse en el contexto de la época, donde la muerte y la violencia eran el pan nuestro de cada día.
Hoy la violencia sigue existiendo, pero hacemos como que no la vemos. Ocurre en clínicas, laboratorios, la realizan drones pilotados a distancia…
Igual de violenta fue la muerte de nuestros dos mártires patronos de Málaga, Ciriaco y Paula, a quienes está dedicada la Iglesia y que presiden el presbiterio…
–¡A estos los vi anoche, con la cara amoratada!
–Murieron apedreados por no renunciar a la fe. Eran dos chavales, dos adolescentes de la Málaga romana. Por eso les decimos cariñosamente “martiricos”.
–¿Y las palmeras que eran para abanicarse?
–Jajaja, ya se te ve más tranquilo, te ha vuelto el color a la cara. No, la palma era un símbolo romano que significaba victoria.
A los mártires se les representaba con ellas para expresar su victoria sobre la muerte. ¡La muerte ha sido vencida, Antoñito, tú sabes lo que es eso!–
Mientras escuchaba hablar a aquel anciano venerable, algo como un suave bálsamo iba curando el dolor de mi corazón. Entendía mejor a mi padre, entendía que si esta gente hacía lo que hacía por ir al cielo es que el cielo debe ser muy grande.
Al llamarlos por su nombre de pila y al contextualizar las escenas más escabrosas de sus vidas, entendía que eran gente como yo, que la santidad no es algo inalcanzable o mítico.
–¿Y los niños que gritaban? ¿Y el santo con la oveja? ¿Y Santa Claus?, le recordé. ¿Dónde están?
–Pues mira, dos de ellos tienen mucha relación. A Santa Claus se le identifica con Nicolás, Nicolás de Bari, que está aquí al lado, mira:
Va vestido de obispo, porque lo fue ¿y ves abajo a los tres niños? Se dice que salvó a tres pequeños que habían descuartizado y metido en un tonel. La leyenda quiere explicar con algo horrible la importancia de proteger a los pequeños, los preferidos del Señor.
Por eso, la figura de San Nicolás, Santa Claus o Papá Noel la relacionamos hoy con la atención y cuidado a los niños. ¿Y el de la oveja? Pues el santo patrón de los animales, Francisco de Asís.
Dicen que le regalaron una oveja que balaba y balaba, pero que a la hora de los rezos se quedaba calladita en un rincón y no les molestaba a sus frailes. San Francisco nos habla del cuidado de la creación, que es un don de Dios…
Niño, hablando de cuidar, te voy a tener que dejar que tengo que preparar las cosas para la Misa.
–Claro, claro, me ha encantado hablar con usted y conocer mejor la iglesia. Es muy bonita y ya no me da miedo. Creo que con un café bien cargado se me quitará la resaca y se me pasará el mal rato. Me marcho ya, gracias por todo.
–Bueno, ¿pero vendrás más no? ¿Vendrás más veces a vernos a mis amigos y a mí?
–Seguro, sí, seguro.
–Venga, pero antes de irte vamos a rezar tres avemarías por tu padre que está ya descansando con el Señor y por ti para ver si te animas a vivir en la esperanza en que tu padre vivió.
Rezamos las tres avemarías (no se me habían olvidado desde que me las enseñó mi abuela) y salí a tomarme el café.
Durante todo el día de los santos estuve dándole vueltas al tema de la santidad, a eso de que todos somos santos, y veía a mi padre siendo uno más con ellos, con Lucía, con Gema, con Tadeo, con Nicolás…
Al día siguiente, Día de todos los fieles difuntos, acudí al cementerio, me arrodillé delante del nicho de mi padre y lloré todo lo que no había podido llorar en aquellos amargos dos años y pico. Pude hablar con él sabiendo que me escuchaba.
Pude pedirle que me echara una mano para poder vivir como él vivió, para no tener miedo a la vida ni a la muerte… ¡Fue una experiencia única!
Por la tarde, quise volver a la iglesia de los Mártires. ¡Me había encariñado del viejo sacristán! Y además quería preguntarle una cosa. ¿Cómo sabía él que mi padre había muerto de cáncer si yo no se lo había llegado a contar?
Cuando llegué, vi que en el confesionario había un sacerdote. Algo dentro de mí me empujó a acercarme a confesarme. ¡No lo hacía desde mi primera comunión!
Asistí a Misa, comulgué y sentí estar más cerca de mi padre, rodeado de mis nuevos amigos a uno y otro lado del altar. Cuando terminó, me acerqué al párroco:
–Buenas tardes, ¿está por ahí el sacristán?
–No hijo, no tenemos sacristán. Aquí la sacristana es Doña Virtudes.
–Bueno, yo no sé si es sacristán o es el portero, el que abre la puerta por las mañanas…
–Pues mira, la puerta la abro yo a primera hora, antes de la misa de las 8.
–Pero vamos a ver, la otra noche que tuvo usted Adoración Nocturna, se quedó la puerta abierta y yo entré. Me quedé dormido y a la mañana siguiente un señor con barba blanca abrió la puerta y charlamos un rato.
–No hijo mío, la Adoración Nocturna la hacemos en la Iglesia del Santo Cristo de la Salud y si se hubiera quedado alguna puerta abierta, habría saltado la alarma y me mandan un mensaje al móvil; y a mí no me ha llegado nada.
¿Tú estás seguro de que no has bebido hoy también?–
Mientras me hablaba, mis ojos se iban fijando en un cuadro en la pared.
–Espere un momento, venga…
¡Este es! ¡Es él! ¡Este es el señor con quien hablé yo anoche!
–Jejeje, no puede ser hijo mío. Si es Fray Leopoldo de Alpandeire. ¿No lo conoces?
–¿Fray Leopoldo? Me suena. Ese era uno al que mi padre le rezaba mucho cuando le ponían la quimio. Pero… en serio, le digo que anoche…
–Tú sabrás, hijo. Es un santo muy milagroso, desde luego, pero hasta ahora nadie me había dicho que saliera de su cuadro. Si te parece, hacemos una cosa que a él le gustaba mucho. Rezamos tres avemarías y cada mochuelo a su olivo. ¿Quieres?
No pude ni articular palabra. Solo cerrar los ojos, decidir firmemente no volver a tomar una gota de alcohol (y hasta ahora lo he mantenido), y repetir junto a él:
Dios te salve María, llena eres de gracia… #FindelHilo