#HiloDeLaLotería

Os voy a contar una historia que me ocurrió en la administración de loterías donde yo compraba un número a diario. Allí me encontraba siempre con un anciano que miraba los números premiados.
Un día me acerqué y le pregunté: ¿Qué? ¿Ha habido suerte?
Abro el #hilodelaLotería
Tras mostrarme su amplia sonrisa y sus ojillos picarones contestó:
—¡Otra vez hijo! ¡Otra vez!
—Pero, ¿cómo que otra vez? ¿Es que ya le ha tocado antes?, le respondí agitado. ¿Cuántas veces le ha tocado?
–Todos los días me toca
—¿Cómo que todos los días? ¿Pero será la devolución lo que le ha tocado?
—¡Qué devolución ni devolución! –rio el viejo–. ¡El gordo! ¡A mí lo que me toca es el premio gordo!
—¡Fíjate lo que dice este hombre Manuel!, grité llamando la atención del vendedor tras el mostrador
Él me contestó llevándose un dedo a la sien y girando la muñeca aprovechando que el «ganador del gordo» miraba para otro lado.
—¡Ahhh, ya entiendo! –pensé–. Y, dirigiéndome a él en el tono más alto de lo normal con el que, sin querer, me sale la voz cuando hablo a los mayores, le pregunté: «¿Y cómo hace para que le toque siempre, que yo también quiero que me toque a mí?».
—Es muuuuyyyy fááácil, contestó.
La oración. La clave está en la oración. ¿Usted reza para que le toque la lotería? –Me inquirió–.

—Hombre, yo… No le voy a engañar. Cuando salgo de la administración de lotería me dirijo luego a la capilla del Cristo de los Milagros y le echo un ruego

—Jajajajajaja carcajeó el viejo.
¿Dice que reza después de comprar el número? ¡Con razón nunca le toca!
Como ya estaba advertido de que la salud mental del viejo no era la ideal, aquella respuesta no me sorprendió. Sin embargo sí me pudo la curiosidad de ver cómo acababa su «razonamiento» y le pregunté:
—¿Cómo quiere que me toque si no he comprado antes el número?
—Jijijiji, sé mofó. Es que así es muy difícil, casi imposible que te toque. Lo que tienes que hacer es, como yo: no comprar nunca y, al día siguiente, mirar el número premiado y sentirte ganador. ¡Por eso yo gano todos los días el gordo!
—Sí, abuelo –contesté condescendiente–, pero ¿de qué le sirve sentirse ganador si no tiene el billete, si no puede cobrar el premio?
—¡Ahí es el momento de rezar! De rezar con todas tus fuerzas por encontrar en la calle tirado un billete con ese número.
—Jajaja –reí con ganas–. Aunque la mirada fría y circunspecta del anciano me cortó de golpe.

—Disculpe, pero eso es imposible –continué–. ¿Qué probabilidades hay de que se encuentre usted un billete premiado en la calle?

—¿Es que crees que Dios no tiene poder para hacer que yo encuentre mi billete diario premiado con el gordo? –contestó–.
Si puede escucharte a ti que le pides que te toque el número comprado ¿Quién te dice que no puede escucharme a mí y que encuentre yo mi número premiado?
Dios no puede actuar si no le dejas a Él ser Dios. ¿Qué piensas, ayudarle comprando tú tu número? ¿Facilitarle su trabajo? ¡Cómo si Él necesitara ayuda para hacer el milagro! Cuando vas a rezar para que te toque la lotería estás, en cierta medida, despreciándolo
—Nunca lo había visto así, –le contesté mientras miraba al dueño de la administración que meneaba la cabeza mostrando su desacuerdo–.
Qué sorpresa cuando al volver de nuevo la vista a mi interlocutor, este había desaparecido.
Me llevé el que sería el último billete de lotería que compraría en mi vida. Salí, como siempre, camino de la capilla del Cristo de los Milagros y, cuando me p planté junto a Él, solo pude empezar a llorar, avergonzado.
Me sentí tan sucio, tan ruin, pidiendo a Dios que me hiciera rico para poder ponerme por encima de los demás, para comprarme cosas que me distinguieran, para poder exhibir mi «bondad» haciendo donativos jugosos, para regodearme en mi pereza, para poder decir: «ahí os quedáis»…
Viéndolo a Él que, siendo el rey del Universo, se rebajó para hacerse un pobre nazareno…

Cogí el billete que llevaba en el bolsillo y lo tiré allí mismo, hecho trizas.

A la mañana siguiente, en lugar de pasar, como siempre, por la acera de la administración de lotería, crucé a la acera de enfrente, aunque no pude evitar echar una mirada. Me llamo la atención que no estuviera el viejo loco, como siempre, mirando los números premiados.
Pero mi mirada se cruzó con la de Manuel que, en cuanto me vio, dio un salto sobre el mostrador y salió corriendo del local llamándome a gritos.
—¿Qué pasa? –le pregunté– ¿A qué esas voces?
— ¡Antoñito! ¡Antoñito! Felicidades, Enhorabuena.
—Pe, pero. ¿Qué dices? ¿Enhorabuena de qué?
—Pues que te ha tocado el gordo. ¡5 millones de euros y un sueldazo de por vida! ¿Dónde tienes el billete? ¿Lo has llevado ya al banco no?
La expresión de mi rostro, desencajado, asustó a Manuel.
—Venga Antoñito, relájate. Es normal, de la impresión que te quedes fuera de juego.
—Rompí el billete
—Sí, es normal, con el shock de ser millonario que tengas alucinaciones. Venga Antoñito, dime dónde está el billete.
—¡He dicho que rompí el billete, joder, Manuel!
—Pero qué me dices, pero qué me estás contando
—¡Que sí, que lo hice, lo rompí, no quería seguir con esta farsa! Tengo lo que merezco, por haber jugado a ser Dios durante tantos años.

La cara de Manuel era un poema

—¡Estás loco! ¡Maldito fanático! ¡Romper 5 millones de euros! ¡Un sueldo vitalicio tirado a la basura!…
A Manuel lo escuchaba gritar y blasfemar mientras se alejaba camino de nuevo a su puesto de trabajo. Mientras yo, sentado en el bordillo, trataba de entender que había pasado
Con la cabeza entre las rodillas miraba al suelo y solo me venían a la mente las palabras de la parábola del hijo pródigo: «Perdón, Señor, he pecado contra el cielo y contra ti».
De verdad que no me preocupaba ya el dinero perdido. Sólo sentía que este signo tan fuerte había venido a reforzar esa enseñanza, esa vergüenza de hijo que ha faltado al padre. Agradecí incluso a Dios por haberme mandado a aquel ángel…
a aquel viejo loco que me hizo darme cuenta de que el poder de Dios es infinito y que somos imbéciles cuando dudamos de Él creyendo que el dinero nos va a hacer más felices.
Y mientras pensaba en aquellas palabras del anciano que creía que Dios podía hacerle encontrar un billete premiado en el suelo…
me fijé en este papel que destacaba entre la hojarasca.

Enseguida me di cuenta de qué era. Pude ver una cifra impresa, y ya no podía verlo más porque mis ojos se llenaron de lágrimas.

#Findelhilo