#HilodelosExtraterrestres

En esta víspera de #TodosLosantos, te voy a contar un hecho sorprendente que le ocurrió a Carlos, el señor que duerme en el cajero automático que hay debajo de casa y que me ha hecho reflexionar sobre si realmente estamos solos o no en el universo. #HilodelosExtraterrestres

Carlos lleva siendo mi «vecino» poco más de un año.

Nunca ha molestado al vecindario. Llega por la noche con su mochila, prepara su «dormitorio», se acuesta y, muy temprano, antes de que llegue la limpiadora del banco, ya ha recogido sus cosas y se ha marchado.

Es una persona educada, culta, limpia, agradable en el trato…

No acepta ninguno de los recursos que le han ofrecido desde la administración y Cáritas para encontrar un hogar porque a él ya –asegura– le queda poco tiempo de dormir en la calle y habrá otras personas con más necesidad.

Alguna vez le he preguntado si necesitaba algo: comida, una manta, dinero… Nunca ha aceptado nada: «Gracias, Antonio, –me contestaba– tengo todo lo que necesito para vivir. ¡Hay tantas cosas que no son necesarias!».

El caso es que hace un rato, al bajar la basura, me lo he encontrado sentado en el escalón del banco y mirando al cielo extasiado.

Siguiendo su mirada me he encontrado con esta impresionante luna

–Wow, vaya espectáculo Carlos.

–¿Te das cuenta? Y hay gente que contrata la televisión de pago. ¡Qué imbéciles! Yo esta noche me la pasaría entera mirando a esta enorme señora azul.

–La verdad es que sí. Desde casa no me había fijado en lo bella que está hoy.

El incómodo silencio al quedarnos los dos inmóviles mirando al cielo lo ha venido a romper Claudia, la vecina del cuarto, que venía de pasear a su perrita:

-¿Qué hacéis ahí como dos pasmarotes?

–Shhh –le ha chistado Carlos con una mano, señalándole con la otra la luna y haciendo que sus grandes ojos azules se abrieran de par en par–.

Hasta la perrita de Claudia se ha sentado mirando fíjamente el satélite amagando una especie de canto con aullidos muy agudos

–Wow ¿Vosotros creéis que estamos solos en el Universo? –suelta así de sopetón la vecina–

–¿Cómo vamos a estar solos? –respondo–. No sabes lo que dices. Si la @NASA_es acaba de encontrar agua en la luna y fosfina en Venus. ¡Cuántas más posibilidades de vida habrá en los 3.000 millones de planetas parecidos a la tierra que hay solo en nuestra galaxia!

–¿Fosfina? ¿Qué es fosfina? –pregunta Claudia–

–Es un gas que producen ciertos microbios que viven en los pantanos o en los intestinos de los pingüinos lo que indicaría la existencia de vida bacteriana en Venus –resuelve Carlos con autoridad–.

–¿Entonces hay pingüinos en Venus? –ha dicho con asombro la vecina–

–No mujer, no digas tonterías –le he cortado–. Carlos, se ve que tú sí que sabes del tema…

–¿Que si sé del tema? He desperdiciado mi vida buscando signos de vida allí arriba sin darme cuenta de que los seres que necesitaban ser descubiertos estaban aquí abajo

–¿Eras astrólogo Carlos? –inquiere Claudia curiosa–

–Bueno –sonríe condescendiente con el insulto–, soy astrofísico. No, no me he dedicado a hacer horóscopos sino a estudiar las leyes que gobiernan el Universo.

En el fondo, desde pequeño, soñaba con ser el primer científico en contactar con otra civilización. ¡Tienen que estar arriba, por algún sitio y los voy a contactar!, me repetía cada noche.

Los últimos 20 años, antes de regresar a España hace un par de ellos, los dediqué a escrutar las estrellas desde el observatorio Steward, en Arizona.

Y ahora que preguntas lo de los extraterrestres, te voy a contar una historia de las que se suelen contar en días como hoy.

Una noche como esta, víspera de Todos los Santos, me tocó el turno de noche en el observatorio. En realidad lo pedí yo para hacerle un favor a mis compañeros que querían celebrar Halloween porque a mí era una fiesta que no me iba.

En torno a las 2 de la madrugada, las pantallas comenzaron a mostrar signos de algún evento fuera de lo normal. Una serie de pulsos estaba interfiriendo en el funcionamiento de los radiotelescopios.

Traté de contactar con alguno de mis colegas pero fue en vano, estaban todos de fiesta o con los móviles apagados.

¿Sería un mensaje desde el espacio exterior e iba a ser yo el único en ser testigo de un hecho tan trascendental?

De pronto, las señales dejaron de iluminar los sistemas de alerta de las computadoras y comenzaron a hacerse fuertes, cada vez más, pero dentro de mí.

Eran 30 pulsos fuertes y cortos y 2 silbidos largos y graves.

Vista, oído, olfato, gusto y tacto ¿a que son las únicas formas de contacto con el mundo exterior que tiene cualquier persona?

Pues aquella noche, se despertó en mí un sexto sentido. Una forma de percepción distinta que me hizo ver sin ver, oír sin oír, sentir sin sentir a una multitud innumerable.

Millones, miles de millones de seres a quienes me unía algo más que una amistad. Podría decir que fue como si, de repente, todos ellos fueran mi familia. No dejaba de ser yo, pero yo era un poco en ellos. Es difícil de explicar.

Sentía los pulsos como una enorme opresión en el pecho, como abrazos muy fuertes de alguien muy querido y los silbidos como una brisa fresca, que me llenaba de una felicidad interior… increíble.

No sé si aquello duró un minuto o toda la noche. Solo sé que, a la mañana siguiente, los registros del ordenador no habían grabado nada para poder mostrar a mis compañeros, que se mofaron creyendo que trataba de gastarles una típica broma de Halloween cuando se lo conté.

No obstante, la experiencia sensorial sí que se había grabado muy hondo en mi corazón y marcó mi existencia desde entonces.

Me obsesioné con la idea de volver a repetir esa experiencia de «comunión universal». Tanto que llegaba a pasar 15 horas diarias en el trabajo. Estaba convencido de que había tenido una experiencia de encuentro en la tercera fase.

No había visto a esos seres, pero los había sentido no sé si con la intuición o con qué otra capacidad desconocida de nuestro cerebro.

No descansaba ni los fines de semana, siempre buscando en las mismas frecuencias, calculando las fechas en las que se producían alineaciones similares de los astros…

Eso me costó el matrimonio y la salud.

Fue precisamente en el hospital de salud mental de Saint Francis donde, hace ya tres años, me dieron la llave para salir de la cárcel en la que me había encerrado.

Y no fueron los médicos, ni las drogas, sino la charla que mantuve con el capellán.

Era un jesuita cuarentón. Vestía con vaqueros y camiseta, lo que me producía cierto rechazo. Yo en el trabajo vestía siempre con bata ¿qué le impedía a este vestir de cura?

Luego me contó que era la forma de llamar menos la atención de los pacientes, y poder así acercarse a ellos, porque a algunos les ponía muy nerviosos verle con el clergyman. Al salir del hospital se lo ponía ¡Era muy inteligente y humano!

Yo le conté mi experiencia y mi convencimiento de que aquello que me pasó fue una forma de contacto con una civilización extraterrestre. Una civilización a miles de años luz en la que reinaba la paz, la fraternidad, la solidaridad… ¡Eran todo amor!

¡Tenía que volver a encontrarlos y presentárselos al mundo!

(…)
–Al escuchar a Carlos contar lo de los extraterrestres, la perrita de Claudia se ha puesto a hacer caca sin dejar de mirarlo. A mí también me ha dado algo de miedo. Pero estaba tan interesante la historia que no podía dejar de escucharla.

Lo mismo le ha debido pasar a Claudia, que ha recogido el «regalo» con una bolsita y, tras anudarla convenientemente, se la ha metido en el bolsillo sin dejar de prestar atención al relato.

Ajeno a lo que pasaba a su alrededor, imbuido en su propia historia y sin dejar de mirar de vez en cuando al firmamento, Carlos ha continuado:
(…)

–¿Es usted creyente? Me preguntó el cura.

–Supongo que como todos, de pequeño iba a Misa con mis padres pero al ir creciendo, perdí el contacto.

–Lo digo porque… no sé… esa experiencia de comunión, de vivir junto a una gran comunidad de hermanos es muy parecida a la que vivimos en la Iglesia.

–No lo dirá por su historia, porque está llena de cismas, guerras y enfrentamientos. Incluso hoy, a este papa hay algunos que no lo tragan.

–¡No, claro que no! –rió–. Es verdad que, en tantas ocasiones, no hemos sido ejemplo ni lo seguimos siendo, pero tu relato se parece mucho a lo que vivimos los cristianos y proclamamos en uno de los artículos del Credo, la comunión de los santos.

–¿Quiere decir que quienes me abrazaron fueron San Pancracio y Santa Rita? ¡Vamos hombre! Le estoy hablando de una civilización superior, mucho más avanzada que nosotros que quiere entrar en contacto con la tierra para ayudarnos a ser mejores. Están allá arriba, lo sé…

–No, no me refiero solo a San Pancracio o a Santa Rita, sino a todos los creyentes. Por eso, ese artículo del Credo se recita justo después del «Creo en la Iglesia Católica». Santos somos todos los miembros de la Iglesia.

Santos somos por el bautismo. La comunión de los santos es precisamente la Iglesia.

–Yo pensaba que todos los santos era el día de los muertos, cuando se va a los cementerios…

–No, se equivoca. Ese es el día 2 de noviembre, la Conmemoración de Todos los Fieles Difuntos. Ese día rezamos por ellos y pedimos que puedan vivir ya la vida eterna, porque algunos necesitan aún purificarse.

El día de Todos los Santos lo que celebramos es la comunión entre la Iglesia de la tierra y la del cielo. Nosotros creemos que nuestros amigos y familiares que han vivido realmente el mandamiento del Amor están ya glorificados, viviendo con Dios.

El que ha conocido el amor verdadero sabe que ese amor no muere nunca y que ni la muerte lo vence. Por eso, seguimos experimentando ese sentimiento de comunión con ellos. Los sentimos, como relataba usted, muy cerca, muy dentro, como un gran abrazo…

Y también aquí entre los vivos, a pesar de nuestros pecados y debilidades, los cristianos también sentimos muchas veces esa sensación de comunión con los hermanos de nuestra parroquia y de otros grupos, movimientos, realidades…

Incluso con miembros de otras confesiones. Jesús rezó y dijo: «Padre, que sean uno, como tú y yo somos uno». Pues esa es la comunión de los santos, sentirnos una única Iglesia, todos miembros y Cristo como cabeza.

El Día de Todos los Santos es el día de todos nosotros, los del cielo y los de la tierra que vivimos ya en primicia lo que viviremos después: una comunión plena y perfecta con Dios, nuestro Padre, quien nos creó, el que más nos ama.

–Vaya charlita me está soltando usted. La verdad es que echo de menos ese sentimiento de pertenencia a un grupo, a una familia, el barrio, la parroquia, la pandilla… Lo perdí cuando salí de mi casa a estudiar.

Luego, la vida profesional es muy exigente, te impide relacionarte con los tuyos, vas perdiendo contacto con unos y otros, solo piensas en ti, en tu carrera, en tus proyectos… Es una sociedad individualista la nuestra.

Al final, fíjese, me veo aquí, en un psiquiátrico, charlando con un cura que es el único amigo que tengo.

Paradójicamente, tras tantos años de investigación, lo que he descubierto es que estoy solo en el universo, justo la tesis contraria a lo que he dedicado todo mi tiempo y mis energías.

–No hombre, no estás solo. Seguro que en tu familia te reciben con los brazos abiertos en cuanto te decidas a volver, seguro que en tu pueblo, en tu parroquia estarán encantados de volver a verte en cuanto estés mejor… Siempre habrá alguien que te tienda una mano.

Y, quién sabe, puede que también haya otros seres inteligentes en otros planetas. ¿Fue Carl Sagan el que dijo aquello de si estamos solos en la inmensidad del universo, ¡cuánto espacio desaprovechado!?

Aunque si le digo la verdad, yo creo que esta es una frase muy pobre.

–Bueno, esa frase de Sagan es mítica, pero es más optimista de lo que la gente cree. No es tan fácil que haya vida inteligente por muy extraordinariamente grande que sea el universo. Nuestro planeta es una excepción.

La ilusión porque existan los extraterrestres, impulsada por la ciencia ficción, nos crea la falsa idea de que pronto los descubriremos. Pero es una falacia lógica, un fallo común de cálculo de nuestro cerebro.

Lo cierto es que las probabilidades de que existan civilizaciones extraterrestres son mínimas, infinitesimales.

No sé si conocerá, padre, la paradoja de Fermi, que viene más o menos a decir que es imposible que existan civilizaciones avanzadas en otros planetas puesto que no se han puesto en contacto con nosotros.

Luego está la ecuación de Drake, un astrofísico de la década de los 50 cuyos cálculos ya hablaban de la improbabilidad de la existencia de vida inteligente allá arriba y que ha sido recientemente recalculada a peor por científicos de Oxford.

Se habla de un número inferior a 0,00000001 posibles civilizaciones detectables al año.

También está la hipótesis de la «Tierra rara» que en resumen dice que sí, que hay billones de planetas parecidos a la tierra, pero que en ninguno se da el conjunto de excepcionalidades con que el azar ha dotado a nuestro planeta para que hayamos podido desarrollarnos nosotros.

Créame, padre, yo esto lo sé, lo he estudiado, pero es tan grande el impulso que siento desde pequeño a contactar con otros planetas, a conocer otros seres, que me he vuelto loco.

-¡No digas tonterias, tú no estás loco! Claro que puede haber vida inteligente en otros planetas, Dios es tan grande que puede haber extendido su obra creadora por toda la galaxia, por todo el universo, incluso por otros universos

Verás. Cuando he dicho que la frase de Sagan es pobre no lo decía en términos científicos. Yo de eso sé poco y tú me lo has explicado fenomenalmente que de eso entiendes mucho más que yo.

Yo me refería a que es la típica frase de un materialista. Alguien que solo cree en lo que puede ver, tocar, pesar y… comprar.

¿Espacio desaprovechado? ¿Por qué? Porque lo calcula en términos materialistas. Cuando yo construyo algo o compro algo, mido mis necesidades, quito lo que no me parece necesario, ajusto el presupuesto y lo ejecuto.

¿Para qué quiero un coche que corra a 250 km/h si solo voy por ciudad donde me limitan a 50? Lógico.

Pero eso es cuando yo construyo para mí y Dios no creó el universo para sí mismo, para darse el gusto. Él, que es amor, nos creó por amor, para amar. ¿Y cuál es la medida del amor?

¿Has amado alguna vez a alguien Carlos?–

Ya no pude aguantar más y me eché a llorar como un chiquillo. Las lágrimas caían a chorros por mis mejillas como cuando un dique se rompe por la presión de agua en una crecida. Años y años de sinsentido salieron a borbotones en un llanto liberador, purificador, casi místico

–Mi mujer me dijo eso mismo cuando me echó de casa. No he amado, la verdad es que no he amado a nadie más que a mí mismo en toda mi vida. Yo quería estar con ella, pero no la amaba, no podía amarla porque pensaba que era una pérdida de mi valioso tiempo

¿Cómo iba a estar con los niños, salir a cenar, compartir un rato de peli, sofá y manta con ella o irme de vacaciones cuando los extraterrestres estaban queriendo comunicarse con nosotros? ¡Qué tiempo más desaprovechado! ¡Y qué estúpido he sido! (continué llorando)

–Me alegra que haya llegado a esta conclusión por sí mismo, Carlos. Has descubierto lo que es amar.

Amar no es solo gastar «tiempo de calidad», como se suele decir ahora en términos materialistas, con tu familia, sino perder el tiempo, derrocharlo…

El amor no entiende de medidas, de precios, de cálculos, de calidades…

El amor lo da todo, lo espera todo, lo soporta todo, lo perdona todo…

No creo que Carl Sagan regalara a su mujer una plancha de segunda mano «por no desaprovecharla». Seguramente, si la quería de verdad, le regalaría en su aniversario algo que a ella le hiciera ilusión, no solo por su utilidad, y quizá alguna vez despilfarraría para demostrarle su amor.

-Bueno, Carl Sagan se casó tres veces. Quizá las dos primeras mujeres le pidieron el divorcio tras regalarle la plancha usada –le contesté pasando del llanto a la risa en décimas de segundo–.

–Jajajaja a lo mejor sí fue por eso.

No, ya en serio y dejemos al lado los personalismos, quizá fue un marido devoto, no lo sé. Lo que quiero decir es que cuando uno ama, derrocha. Y cuando uno derrocha amor, pues el resultado es un derroche de proporciones cósmicas.

Cuando Dios pensó al hombre y a la mujer no se conformó con crear un planeta, sino que generó la inmensidad del espacio y el tiempo, esperó 10.000 millones de años para que surgiera la vida y otros miles de millones para culminar su obra creándonos a nosotros.

Y nos creó, fíjese, qué importante esto con respecto a lo que hablábamos antes, en comunidad. No nos hizo individuos aislados, solitarios, sino que nos hizo pareja: «hombre y mujer los creó», dice el Génesis. La pareja como síntesis de la gran comunidad humana porque «no es bueno que el hombre esté solo».

Y es lógico porque también Dios es comunidad, es Trinidad y al fin y al cabo nos hizo «a imagen suya».

Observe cómo desde la creación del mundo la Iglesia, el pueblo de Dios, la comunidad de los santos, estaba prefigurada ya.

Dios se fijó en un planeta mediocre: ni el más grande ni el más chico de su sistema, que gira en torno a una estrella normalita en un borde de una galaxia también intermedia y eligió la Tierra para hacer su gran obra de amor.

Luego, le fallamos. Rompimos esa comunión entre nosotros y con Él para la que nos había creado, y lo tiramos todo por la borda. Pero aún así no dejó de amarnos.

Eligió de nuevo, entre todos los innumerables pueblos de la tierra, un pueblo normalito, no el más grande ni el más poderoso, un pueblo de nómadas como Israel para ser «su propiedad personal»

Y dentro de ese pueblo, eligió a muchos hombres y mujeres comunes: los patriarcas, los profetas… que fueron enseñando el camino de vuelta a Él, preparando el final de la historia.

Luego, entre ellos, eligió a una joven normal, desposada con un carpintero de tantos

Y luego eligió la aldea más normal que había: Belén; y dentro de Belén uno de los sitios más normales de la localidad: un establo.

Y quiso nacer así, como un niño normal, para enseñarnos lo que es no es normal: a amar como Él nos ama.

Luego abrió la puerta de su amor, no solo a los miembros de ese pueblo, sino a todos los pueblos de la tierra.

Muriendo, se solidarizó con toda la humanidad inaugurando el reino de los cielos. Un reino que está ya entre nosotros en misterio, como oculto, en la Iglesia, ojo al nombre, Universal.

Y todos los hombres estamos llamados a esta unión con Cristo, luz del mundo, de quien procedemos, por quien vivimos y hacia quien caminamos.

–Fijaos cómo me impresionaron las palabras que aquel día me dijo el capellán que, una semana después me habían dado el alta en el hospital.

Había entendido lo equivocado que estaba y que como ser humano necesitaba ser parte de una familia, de un pueblo.

Volví a casa y me reconcilié con mi mujer y mis hijos.

Regresamos a España hace un par de años y me puse a dar clases en la Universidad. Cumplía mis horarios y estaba mucho tiempo en casa, disfrutando de mi tiempo con mi mujer, con mis hijos… Volví a la parroquia y reinicié mi vida de fe.

Había descubierto una maravillosa civilización terrestre cuya bioquímica molecular era el amor.

Pero el descubrimiento me duró poco.

En septiembre del año pasado, de regreso de nuestras primeras vacaciones en la playa, tuvimos un accidente en el que mi mujer y mis dos hijos perdieron la vida.

No entré en crisis. Entendí que esa era la voluntad de Dios. Sabía que a pesar del dolor, Dios me amaba a mí y a ellos y sigo sintiéndolos vivos, aunque no los pueda ver.

Puedo decir que creo en la comunión de los santos. La comunión contigo, Antonio, contigo, Claudia, con mi familia que me espera en el cielo, mis padres, algunos buenos amigos…

No sé por qué el Señor me eligió a mí para sobrevivir, se ve que aún tenía que hacer algo aquí en la tierra. Quizá solo era contaros a vosotros dos hoy esta historia que no se la había contado a nadie aún.

Lo que sí sé es que ya me queda poco aquí, por eso he preferido renunciar a todos los afanes de la vida y vivir con lo justo. ¡Ya me he dado cuenta de lo que es importante y lo que no en esta vida!

-¡Cómo que te queda poco Carlos! –le he contestado interrumpiendo su relato– si estás hecho un chaval. Lo que tienes que hacer es volver a trabajar, alquilarte un piso, rehacer tu vida.

–Claro que sí –se ha sumado Claudia– no des por perdida tu vida aún. Si, como dices, existe un Dios, seguro que te ayuda a salir de esta. Bueno, yo me marcho que nos va a pillar el toque de queda. Gracias por contarme tu historia, Carlos, es preciosa.

–Adiós, Claudia.
Bueno, yo me marcho también –he respondido–. Me has hecho pensar mucho porque yo ando igualmente un poco despistado, y tu relato me ha hecho centrarme en lo importante. Por cierto, hace mucho que no llamo a mis padres. Voy a darles un toque…

–Adiós, amigo. A mí me queda aquí todavía un rato de charla con mi mujer y los niños mirando a la hermana luna.

He subido a casa dándole vueltas a la conversación de esta noche. He llamado a mis padres, me he tomado un vaso de leche con cacao calentito, he ido a darles un beso a los niños que ya estaban dormidos y me he puesto a hablar con mi mujer de nuestras cosas.

Nos hemos puesto a recordar cómo nos conocimos, por qué nos hicimos novios, qué nos llevó a casarnos… De cuántos momentos felices y no tan felices hemos pasado juntos… De repente, hemos oído un grito en la calle. ¡Socorro, socorro! ¡Ayuda!

Con el corazón en un puño me he asomado a la ventana y he visto a una chica joven en la puerta del banco llamando desde su móvil a emergencias: «He ido a sacar dinero y me lo he encontrado así. ¡Vengan rápido, que se está muriendo!», la oigo decir.

Sin pensármelo dos veces he bajado en pijama y me he encontrado a Carlos con muy mal aspecto agarrándose fuertemente el brazo izquierdo.

–Me voy ya amigo, me voy con ellos –me dice–. Seguiremos en contacto, yo allá arriba y tú aquí abajo, recuérdame cuando mires a la luna…

Han sido sus últimas palabras antes de perder el conocimiento. ¡Es un infarto!

Me he acordado de que, en estos momentos, es muy importante hacer la maniobra de reanimación cardiopulmonar antes de que llegue la ambulancia.

Lo he puesto boca arriba tal y como me enseñaron en el cursillo, con brazos y piernas alineados y el tórax al descubierto. He tirado de la frente hacia atrás, del mentón hacia arriba y le he insuflado aire hasta llenar sus pulmones

Me he acordado de la secuencia que me enseñaron a memorizar: 30 compresiones en el pecho y 2 insuflaciones.

Mientras apoyo mis dos muñecas, una sobre otra, sobre su esternón y empiezo el masaje cardiaco, recuerdo la historia que me ha contado él mismo hace un rato de aquel mensaje espacial que recibió en su radiotelescopio

Eran 30 pulsos fuertes y cortos y 2 silbidos largos y graves. Mientras continúo, me fijo en sus ojos que, muy abiertos, reflejan la gran luna, la estupenda luna azul de esta noche y sus labios esbozan una sonrisa.

La sonrisa del que ha encontrado, por fin, lo que anhelaba desde pequeño; el mensaje desde el cielo; el abrazo definitivo de todos los suyos y el soplo fresco del que es todo Amor que se derrocha… #Findelhilo

P.D. Si te ha gustado este hilo, tienes una selección de los 40 más leídos en mi libro «La Caja de los Hilos».

22 respuestas a «#HilodelosExtraterrestres»

    1. Me ha encantado y ha hecho reflexionar en la Cominion de los Santos.
      Gracias por compartir, pero especialmente gracias a Dios que me permitió darme tiempo para leerla.

  1. Gracias Antonio por ayudarme a volver a poner el foco en las cosas que importan.
    Desde Buenos Aires, Argentina, seguimos unidos en la Comunión de los Santos.
    Un gran abrazo

  2. Lo quiero compartir por whatsap pero no puedo… Es decir toda la historia, no el tweet, porque muchos de mi familia no tienen tweeter.

    Es realmente extraordinaria esta publicación, esta historia.

    1. Hola, si vienes desde Twitter, (en el móvil/celular) en la parte superior hay tres puntos. Selecciona «compartir vía…» Y luego escoge el icono de WhatsApp. Luego escoge a quién se lo envías. Y ya está.

  3. Ese amor que nos hace únicos en Él y solo en Él podemos ser. Que importa lo pasado o perdido, nos ama con todo y a pesar de todo.
    Gracias Antonio, es un destello de que somos hijos amados.
    Saludos desde Santiago de Cali Colombia.

  4. Hola Antonio. Parece que el link está roto. Lo comparto y cuando voy a ver si está bien, veo un mensaje que dice en este citio no se encontró nada…

  5. Hola:
    Antonio mi hija me compartió este enlace , y me da alegría compartir contigo que yo también creo en la comunión de los santos y me ha hecho recordar todo por lo que creo y aceptar que Dios me ha amado inmensamente al dar su vida por mi en la cruz , algo que aún me cuesta mucho es amar a mi prójimo como el me ha amado. Es un precioso hilo.

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