#HilodelaNochedeNavidad

¡Manuel, despierta, que ya están aquí! –susurra Gonzalo–.

Manuel abre los ojos como platos, busca a tientas la dentadura en el vaso de la mesilla de noche, toma el bastón y sale disparado de la cama en dirección a la ventana.

¡Qué delincuentes, a las 2 de la madrugada para que nadie los vea! –le responde Manuel tras echar un vistazo al reloj y terminar de ajustárselo a la muñeca–.

Desde la ventana de su habitación de la residencia Vistahermosa, Manuel y Gonzalo contemplan cómo dos operarios con bata blanca descargan varias cajas de una furgoneta.
– Son las dosis letales. A los que no nos ha matado el coronavirus, nos van a dar un pinchacito y… Hala, a dejar de hacer gasto a la Seguridad Social.
– No digas tonterías, Manolo, por Dios. ¿Cómo te van a dar la eutanasia a ti si estás perfectamente? –le regaña Gonzalo–
– ¿Que no? Esos amigos tuyos del Gobierno es lo único que quieren: quitarse a los viejos de en medio y darse mientras la buena vida en sus chalés.
– Mira, chalés los que tienen tus amigos de la oposición a costa de explotar a la clase trabajadora y a los inmigrantes. Venga, vamos a dejar la política, que hoy es Nochebuena y no quiero que acabemos mal.
– Eso, eso –asiente Manuel, con desdén, sin dejar de mirar por la ventana esperando descubrir el contenido de las misteriosas cajas–.
– ¿Entonces qué? ¿Bajamos a acabar con esto o no?
– ¡Pues claro! No nos vamos a quedar aquí esperando que nos pongan la inyección.
–¿Pero sabes a lo que nos enfrentamos no? Doña Paquita, esa fascista autoritaria, lo dejó muy claro: «quien salga de su habitación sin autorización durante la pandemia será expulsado de la residencia».

– ¿Y tú cómo prefieres salir de aquí, con dignidad o con los pies por delante?
– ¡Con dignidad, desde luego que sí! –responde Gonzalo sacando pecho–. ¡Vamos!
Con el sigilo con el que un ladrón de guante blanco mueve la ruedecilla de la caja fuerte, Manuel gira el pomo de la puerta dejando entrar a la habitación en penumbra un fuerte rayo de luz blanca proveniente del pasillo.
Con los ojos aún entornados por el contraste, abre lentamente la puerta solo hasta que la abertura permite sacar fuera su cabeza. Un rápido movimiento de esta a derecha e izquierda le hace confirmar lo lógico:
–Despejado –susurra con tono de cuerpos especiales mientras tira de su amigo Gonzalo, agazapado detrás de él, hacia afuera de la habitación–.
Con una mano, empuja la espalda de su compañero contra la pared mientras se lleva la otra a la boca con el índice levantado para conminarlo a no hacer ruido.
–Si vamos pegados a la pared, la cámara no nos verá.
Aunque no es la primera vez que la pareja se escapa de noche y la advertencia es más que sabida, Manuel es de esas personas a quienes les gusta oírse repitiendo frases que han oído a otros y les han llamado la atención.
Esta la ha escuchado en una serie de un perro policía que ve a diario. Y repetirla en cada ocasión que puede le hace sentirse importante.
–¡Ya lo sé Manuel! –le responde Gonzalo condescendiente con las manías de su compañero de habitación–. No te preocupes que no me separo ni un milímetro de la pared.

Caminando por el pasillo como si de la estrecha cornisa de un rascacielos se tratara, los dos ancianos llegan a las escaleras en las que ya, por fin, libres de cámaras espía, podían distender su postura.
–Alto ahí, ¿has oído eso? Inquiere Manuel con el mismo tono que su detective televisivo favorito.
–¿El qué Manuel? Yo solo oigo los ronquidos de Bonifacio, ¡Que menos mal que lo bajaron a la planta de abajo!
–No hombre, ¿no lo oyes? Es como si alguien estuviera llorando.
Ciertamente, por el hueco de la escalera parece venir el sonido de un llanto reprimido. Movidos por la curiosidad, comienzan a bajar lentamente el primer tramo de escaleras.
Manuel, tomando el bastón en posición horizontal como si de un rifle de asalto se tratara, va el primero. Gonzalo, parapetado tras él, no puede ocultar el miedo en su rostro.
–¿Quién anda ahí? –pregunta Manuel en tono amenazante haciendo que el llanto sordo dé paso a un chillido nervioso.
Como si la artrosis se les hubiera curado de repente, los dos amigos bajan del tirón el segundo tramo de escaleras encontrando a dos asustadas residentes, en el descansillo.
–Carmiña, Lola, ¿qué hacéis fuera de vuestra habitación a estas horas de la noche? –aunque solo lo ha susurrado, el tono marcial empleado termina de asustar a Lola que rompe, ahora sí, a llorar a moco tendido–
–¡Te dije que no tendríamos que haber salido, Carmiña… que nos iban a pillar! Se lamenta la mujer mientras se suena con un kleenex que se saca de la manga del pijama.
–Shhh ¿Estás loca o qué? ¡No grites que entonces sí que nos van a pillar! ¿No ves que son Manolo y Gonzalo? Ellos no se van a chivar.
–¡Claro que no nos vamos a chivar, Lola por Dios, cálmate, que nos delatas!, trata de tranquilizarla Gonzalo posando la mano sobre su hombro. ¿Y qué hacéis aquí?
–¿Cómo que qué hacemos aquí? –regaña Carmiña– . Pues lo mismo que vosotros: impedir que nos liquiden. ¿O creíais que nos íbamos a quedar en nuestra habitación sin hacer nada?
–¡No quiero morir, no quiero que me maten! –Lloriquea Lola volviendo a subir el volumen de voz ante el enfado de sus compañeros de residencia que se abalanzan sobre ella para callarla–.
La salida nocturna secreta de ambas parejas de ancianos respondía al rumor que esa misma mañana había ido corriendo de boca en boca.
Martínez el teniente, uno de los compañeros más antiguos de la residencia y cuya veteranía le permitía ciertos privilegios, había logrado colarse en el office de los trabajadores donde había visto un aviso en la pizarra que, con la letra de la directora, decía:

Esta madrugada traerán los productos de la liquidación. Preparad operativo discretamente. ¡IMPORTANTE! Que ningún residente se percate.
La frase había generado la alarma entre los ancianos tras la reciente aprobación de la eutanasia por parte del Gobierno español.
–¡Silencio, se oyen pasos! -advierte Carmiña–
Efectivamente, por el pasillo se oye cómo alguien se acerca empujando una carretilla.
Los cuatro amigos se apiñan justo detrás de la puerta que comunica las escaleras con el pasillo permaneciendo inmóviles durante unos segundos que se les hacen eternos.
Desde esa posición pueden ver a un operario pasar, carretilla en mano, transportando varias cajas de corcho blanco, en dirección al almacén donde se guardan las provisiones.
Tiene un aspecto nada confiable. Lleva el mono arremangado dejando ver varios tatuajes con dibujos monstruosos, y su andar denota cierta cojera, que Manolo interpreta mentalmente como el resultado de un navajazo en una riña carcelaria.
Lo que ven después, les hace confirmar más su teoría de que el contenido de aquellas cajas no era nada bueno. Tras cerrar la puerta del almacén, ven cómo el operario se santigua y continua su camino.
–El hijo de la gran… ¡Pues no tiene cargo de conciencia y todo! –suelta Manuel–
–¡Asesinos, asesinos! –Farfulla Carmiña a la que el miedo ya no le deja ni llorar–.
–Vamos a ver –les tranquiliza Gonzalo– yo creo que nosotros no debemos preocuparnos por nada. No van a venir a liquidarnos a los que estamos bien. Como sabéis, yo estoy con vosotros en esta lucha, pero no por mí sino por mi Juanita.
Mientras dice esta última frase, a Gonzalo le tiembla la voz y se le inundan de lágrimas los ojos.
Juanita, la esposa de Gonzalo, vive en la misma residencia pero al ser muy alto su grado de dependencia, está en otro ala del edificio especializado en cuidados paliativos.
Gonzalo se desvivía por ella. Le daba de comer, ayudaba a vestirla y a peinarla, le hablaba sin parar, aunque ella ya no podía entenderle…
«¡Es toda mi vida! ¡No hay una mujer igual!», repetía a las auxiliares que admiraban cómo se preocupaba por ella pasando horas y horas al pie de su cama.
La epidemia del Covid, sin embargo, ha truncado su historia de amor. Los protocolos de seguridad impiden el contacto entre residentes de distintas alas y, aunque había solicitado que los pusieran juntos, los distintos grados de dependencia de ambos hacían imposible el traslado.
Solo podía ir a verla una vez por semana y sin traspasar la puerta de la habitación. Nueve meses sin un beso, ni un abrazo, ni un buen rato de conversación como a él le gustaba tener…

–Vamos, Gonzalo, no llores –lo consuela Carmiña–. Esta gente no le pondrá un dedo encima ni a Juanita, ni a Puri, ni a Francisco, ni a Bartolo mientras a mí me queden fuerzas.
Puri, Francisco y Bartolo eran algunos de los residentes más dependientes, cuyos hijos habían sugerido al equipo médico la posibilidad de «acelerar» el final cuando la ley entrara en vigor.
–Perdonadme –responde Gonzalo– pero me hierve la sangre nada más pensar que alguien crea que Juanita estaría mejor muerta. ¡No saben lo que dicen! ¿Está mejor una flor despachurrada porque no puede hablar ni oír?
¿Es menos valiosa la vida de una persona porque dependa de los demás? ¿Y quién no depende de alguien? Dicen que sufre cuando se da cuenta de su situación ¿y no sufro yo también por verla así?
¡Qué sabrá esta gente de lo que es sufrir con lo que Juanita y yo hemos sufrido juntos!
¡Pues más nos hemos querido y nos seguimos queriendo! Yo siempre he defendido la solidaridad y la compasión, pero estos camaradas míos creen en una solidaridad y compasión de pacotilla.
–Tranquilo Gonzalo. Que aquí estamos nosotros para evitar que le pongan un dedo encima a nadie. Vamos para allá –les anima Manuel mientras se cerciora de que no hay moros en la costa–.
El comando de veteranos de acción nocturna se dirige hacia la puerta del almacén con paso ligero. Una vez allí, Gonzalo saca del bolsillo del pecho del pijama una tira negra de plástico .
–Es un recorte de la radiografía que me hicieron cuando cogí el Covid –explica–. Ya veréis los milagros que hace la medicina moderna.
Con la decisión de un cerrajero profesional, introduce la tira por la rendija entre la puerta y el marco y, con un rápido giro de muñeca, hace saltar el resbalón de la cerradura que se termina abriendo instantáneamente.
–Voilá –sonríe satisfecho ante los ojos de admiración de sus amigos–
–¡Bravo, Gonzalo!, lo aclama su público.
–Venga, dejaos de celebraciones y meteos dentro –interrumpe Manuel– que aquí en el pasillo somos más vulnerables (la palabra vulnerable era otra de sus preferidas).
Cierran la puerta tras de sí y, efectivamente, allí se encuentran cara a cara con las cajas de corcho blanco con una pegatina roja en la que, con grandes letras blancas, aparece la palabra LIQUIDACIÓN.
–Estos hijos de perra han traído un cargamento para acabar con la residencia entera –reprende Carmiña mientras contempla las cajas apiladas–
–Mirad, esto nos servirá –propone Gonzalo mientras agarra la pata de una cama metálica desmontada que ocupaba uno de los rincones del almacén–. Id poniendo todas las cajas sobre el suelo que yo les voy a ir dando su merecido.
Mientras sus compañeros cumplen sus órdenes, Gonzalo comienza a practicar sus golpes al aire con el estilo de un leñador profesional.
–Dale a esta chiquitita primero que hará menos ruido –pide Gonzalo mientras coloca la caja más pequeña del lote frente a su compañero–.
–No, mejor empieza por las grandes y así, si nos pillan y no nos da tiempo a acabar con todas, habremos destruido el mayor número posible. Dale a esta –responde Carmiña mientras coloca su caja al frente de la fila–
–Una… Dos… ¡Y tres!
El primer golpe contra la primera de las cajas dispuestas sobre el suelo del almacén hace añicos en un instante la caja y todo su contenido. El sonido de cristales rotos les resulta normal, pero les parece sospechoso que no se haya derramado ningún líquido.
–¡Qué raro! –se extraña Lola– yo pensaba que eran inyecciones y que se iba a poner todo chorreando.
–A veces vienen en polvo y hay que mezclarlas con suero –responde Carmiña–
–No, pero, un momento –interrumpe Manuel–. Los trocitos de cristal que se han esparcido, no son transparentes, sino de colores… ¡Qué extraño! A ver, abre la caja.

Aunque a Gonzalo le fastidia que le interrumpan la operación destuctora que él está disfrutando como una excelente cura antiestrés, se agacha y retira los trozos de corcho blanco de la tapa dejando ver el contenido de la caja.
–¡Oh Dios mío! –gimotea Lola–.
Ante los ojos de la veterana cuadrilla aparecen un par de docenas de bolas de Navidad hechas añicos dentro de la caja de corcho blanco.
–¡Pero qué demonios es esto! ¿Han mezclado las dosis letales con adornos navideños? Abridlas antes para ver si hay más bolitas…
El asombro cundió entre los presentes en aquel oscuro almacén. Caja que abrían, caja que contenía piezas de un belén y algunos adornos navideños.
–¡Mirad qué San José tan guapo! –se admira Carmiña mientras va abriendo las distintas cajas– ¡Y esta tiene la Virgen, y esta el pesebre! ¡Qué obra de arte!
Un hipido lastimero interrumpe a la anciana haciendo que su mirada se dirija hacia Lola que, sorprendentemente ha dejado de llorar y está admirando, alegre, una caja llena de ovejitas. Es Manuel el que, con la caja pequeña entre sus manos, llora desconsolado.
–¡Manolo!, ¿pero qué te pasa? –se interesa su compañero de habitación–
–Lo íbamos a matar –solloza–. Lo íbamos a hacer añicos –se lamenta mientras le entrega la caja con delicadeza a Lola–.
En la caja pequeña hay un precioso Niño Jesús. Rollizo y sonrosado, tiene unos ojos alegres y una maravillosa sonrisa que transmiten felicidad. Sus manitas abiertas, como cuando un bebé pide a sus padres que lo tomen en brazos, invitan a acurrucarlo.
Conmovidos por tan linda imagen, por la ternura que despertaba el llanto del siempre duro Manuel y quizá un poco derrumbados por el miedo que habían pasado y por el fracaso de la operación, los tres compañeros se echan también a llorar mientras se funden todos en un abrazo.
-¡Pero qué es todo este escándalo! –la puerta del almacén se abre de golpe de la mano de Patricia, una de las enfermeras– ¡Don Gonzalo, Don Manuel, Doña Lola, Doña Carmiña! ¿Pero qué hacen aquí a estas horas?
La tierna escena de los cuatro ancianos abrazados, llorando, hace que Patricia cambie el tono de su discurso y pase de la regañina a mostrar preocupación.
–¿Están ustedes bien? ¿Qué les ha pasado? ¿Les ha ocurrido algo malo?
–No, no te preocupes Patricia, hija. Somos solo cuatro viejos asustados que hemos estado a punto de hacer una barbaridad –responde Manuel reponiéndose–.
–Ya veo que la han tomado contra los adornos de Navidad. ¿Por qué los han roto? –los interpela la sanitaria–.
–Verás –contesta Gonzalo mientras hace una pausa para sonarse la nariz con su pañuelo de tela que guarda en el bolsillo de la bata–, nos enteramos de que os iban a traer unos productos para liquidar a ancianos, y hemos querido destruirlos.
–¿Cómo que para liquidar ancianos? ¿Se ha vuelto usted loco Don Gonzalo? ¿Cómo vamos a querer nosotros liquidar a nadie?
–Vosotras no, ¡el Gobierno! –salta, exaltado, Manuel mientras Lola lanza, asustada, otro gemido–.
–Ni gobierno ni gobierna, Don Manuel. En esta residencia sabe usted que no permitiríamos nunca esa barbaridad. Para nosotros son ustedes nuestra vida. Es nuestra vocación cuidarles siempre, estén como estén. A ver, Don Gonzalo, ¿no cuidamos con cariño a Doña Juanita?
–¡Mejor que si fuerais sus hijas! –contesta Gonzalo–. Ella se siente querida, feliz aunque no se pueda mover y, cuando tiene dolores, enseguida vienen los de paliativos y la dejan tranquilita.
–¿Por qué entonces habían pensado que queríamos darles el pasaporte?
–Vimos en vuestra pizarra el aviso de que iban a traer los productos de liquidación y quisimos destruirlos antes de que los usaran –responde Manuel–.
La enorme carcajada de Patricia al escuchar sus razones casi le hace saltar la mascarilla de la cara y asusta a los ancianos que instintivamente vuelven a abrazarse.
–No me lo puedo creer, jajajaja –a la enfermera le cuesta trabajo seguir hablando por el ataque de risa–. Productos de liquidación, jajajaja.

A los cuatro residentes se les va pasando el susto y comienzan a dejarse contagiar por la risa de Patricia.
–¿Pero a qué tanta risa, Patri? Pregunta aún desconfiada Carmiña.
–Ay perdónenme ustedes, es que esto es de película. No se va a liquidar a nadie. Lo que se está liquidando es una tienda de objetos religiosos del centro de la ciudad.
Nosotros nos enteramos y encargamos uno de los belenes y algunos adornos que estaban muy rebajados.
Como este año el Belén lo hemos puesto en el otro ala y ustedes tienen prohibido ir a visitarlo, pensamos darles la sorpresa de que lo vieran hoy, ya montado, nada más despertarse.
–¡Pero cómo hemos podido ser tan tontos! –suelta Lola que acaba de pasar del ataque de llanto al ataque de risa, ante los atónitos ojos de sus compañeros–.
–Doña Lola, calle, que va a despertar a todo el mundo y va a desvelar la sorpresa. Venga, cada mochuelo a su olivo –les conmina la enfermera– que como se entere Doña Paquita de que han salido a los pasillos los echa a ustedes y a mí.
Anden, suban que yo me voy a poner a montar el Belén si queda algo de él.

–Con la sonrisa de oreja a oreja, los cuatro miembros del escuadrón de defensa de la ancianidad vuelven cada uno a su habitación con la alegría del deber cumplido, aunque la operación no haya salido como ellos esperaban.

El día de Nochebuena amanece luminoso y radiante. Cuando bajan a comer, los residentes se alegran mucho de ver, por fin, el Belén anunciando la Navidad a todos. Algunos grupos incluso le cantan villancicos al niño Dios, al pequeño y precioso niño Jesús de las manitas levantadas.
Manolo y Gonzalo han salido, como de costumbre tras la comida, a tomar un poco el sol de invierno al jardín trasero y a charlar de sus cosas.
–Así que el que estuviste a punto de “hacerle la eutanasia” al Niño Jesús poniéndome su caja delante fuiste tú, Manolo, ¡Con lo que eres tú! –se mofa Gonzalo–
–Calla, calla, no me lo recuerdes. Menos mal que Carmiña se me adelantó poniéndote delante su caja –responde su compañero de habitación mientras se santigua–. ¡Qué mal rato, qué sacrilegio!
–Anoche, cuando logré conciliar el sueño, tuve una pesadilla. Soñé que Doña Paquita y el ministro de Sanidad tenían cada uno una pata de una cama como la que encontré yo anoche e iban a usarla contra mi Juanita.
Pero, cuando empezaron a golpearla, Juanita se convirtió de repente en la figurita del niño Jesús del Belén que, esta vez sí, acabó pulverizada.
Cuando me desperté asustado, pensé que eso es acabar con la vida de un enfermo: destruir una caja que nos molesta o que creemos vacía e inservible, sin darnos cuenta de que, rompiendo la caja, estamos rompiendo también el interior, que tiene aún que cumplir su cometido.
Si hubiéramos roto al niño Jesús, creyendo que hacíamos un bien, habríamos privado de la alegría del belén a los compañeros de la residencia este año.
–Vaya, con lo ateo que eres, Gonzalo, no imaginé que tuvieras esa visión tan profunda.
–Yo nunca he dicho que sea ateo, leche, yo no creo en las religiones, pero sé distinguir la verdad de la mentira. Y mi Juanita, aunque su caja parezca inservible, tiene algo dentro que yo no quiero perder, es un tesoro que no se puede desperdiciar mientras pueda durar.
Cuando ya se tenga que ir, me tendré que conformar, ¿pero prescindir yo de mi camarada durante tantos años?
Hemos sufrido mucho juntos cuando tuvimos que emigrar, cuando nos despidieron de la fábrica, cuando se nos murió nuestra única hija…
Y siempre nos levantamos y seguimos adelante. ¡No vamos a tirar la toalla ahora que nos queda poco tiempo por vivir! Esto nos hace humanos, tener esperanza.
Ahora lo de la Covid, es otra dificultad más, pero yo no pierdo la esperanza de poder volver a besarla, a abrazarla…
El anciano interrumpe su discurso al sentir cómo su compañero le agarra fuertemente el brazo mientras le señala con la mirada hacia la puerta trasera de la residencia. Una furgoneta blanca, con el rótulo del Ministerio de Sanidad acaba de aparcar justo enfrente.
De ella se baja el conductor, con bata blanca, a cuyo encuentro sale el operario que vieron esa noche en el pasillo y que tan mala espina les dio.
Tras hacerle firmar unos papeles, saca de la parte de atrás de la furgoneta unas cajas de corcho blanco que coloca cuidadosamente en la carretilla y se marcha, mientras el misterioso hombre tatuado introduce la mercancía en la residencia.
–¿Ahora qué? ¿Otro Belén en liquidación que nos manda el Ministerio? ¡Ahora sí que nos van a dar matarile! –protestó Manuel levantando el bastón y poniéndose en pie–
–¡Vamos! –contesta su inseparable pareja, acompañándolo hasta llegar a la puerta por la que se había introducido la mercancía–.
–Cerrada, lo imaginé –afirma Manuel llevándose la manos a la barbilla y alzando la mirada en pose dramática televisiva–. Y tú te dejaste la radiografía en el bolsillo del pijama. Tenemos que buscar los puntos vulnerables del edificio.
–¿Los puntos vulnerables? Pues vamos por la puerta principal ¿no querrás escalar por los balcones?
Los dos amigos rodean el amplio jardín a la velocidad que sus torpes piernas les permiten.
ada más entrar por la puerta principal, se encuentran a Doña Paquita, la directora de la residencia, junto al operario y su cargamento, terminando de dar un discurso a los residentes y trabajadores congregados en torno a ella en el vestíbulo:
–…Así que agradecemos al Ministerio de Sanidad la rapidez en la entrega de las dosis para que puedan cumplirse lo antes posible los planes por ellos diseñados. ¡He dicho! –finaliza la directora ante el aplauso de todos los presentes que comienzan a cantar a coro un villancico–:
–Noche de Dios, noche de paz
Claro el Sol brilla ya
y los ángeles cantando están
Gloria a Dios gloria al rey celestial…
–Pero cómo puede aplaudir y cantar villancicos esta gente con esta noticia –reclama Manuel–.
–¡Se han vuelto todos locos! –responde Gonzalo–.
Carmiña y Lola, las dos compañera de aventura nocturna que los estaban viendo desde lejos, se les acercan a preguntarles:
–¿Qué os pasa? ¿Por qué no cantáis vejestorios?
–¿Vosotras también lo celebráis? Ahora que sí que han traído las dosis letales ¿les dais la bienvenida con palmas?
–Jajaja. Dosis letales –ríe Lola–
–¡Qué no Manolo, que vuelves a pensar mal! –grita Carmiña para hacerse oír sobre el canto de sus compañeros de residencia– ¡Que lo que nos han traído es la vacuna contra el coronavirus! ¡Nos la van a poner a todos!
–¿La vacuna? ¿Pero qué dices? –se pregunta Manuel sin salir de su asombro- Pero, la furgoneta del Ministerio, el delincuente de los tatuajes…
–Prejuicios, Manolo, prejuicios –le interrumpe Gonzalo que acaba de entenderlo todo–.
Fíjate en el de los tatuajes. En cuanto ha soltado las cajas de las vacunas, se ha puesto delante del Belén, se ha santiguado, ha pronunciado una oración en silencio y míralo, ahí está cantando villancicos al niño Jesús.
Está claro que nos dejamos llevar por nuestras ideas preconcebidas y esto nos hace pasar muchos malos ratos. ¿No somos amigos uno de derechas como tú y uno de izquierdas como yo?
–Bueno, pero por que tú eres respetuoso y no ofendes a nadie.
–Pues igual que tú Manolo, tú también tienes, para mí, un buen corazón…
Mira, yo rezar no rezo, pero miro al niño Jesús y le pido que en esta noche podamos todos respetarnos, que la política esté al servicio de la gente y nos dé soluciones para vivir no para morir…
que los viejos no seamos un estorbo, y que haya entendimiento entre derechas e izquierdas, cristianos, ateos, judíos y musulmanes…
que ninguno pongamos nuestros intereses por encima del de los demás y que –en ese momento comienza a vibrarle la voz– pueda darle pronto un beso a mi Juanita.
–¿Dónde están mis valientes guerrilleros? -se entromete Patricia, la enfermera– ¿Qué? ¿Recuperados de la juerga de anoche?
–Ay, perdona el mal rato que te dimos –le responde Lola–. ¿Cómo íbamos a saber?
–Nada nada, yo no vi nada ni a nadie anoche –contesta con una sonrisa cómplice–. Lo que vengo es a darle una buena noticia a usted, Don Gonzalo
–¿A mí? Cuenta, cuenta.
–¿A que no sabe quién va a ser la primera de toda la residencia a la que vamos a poner la vacuna?
A Juanita. Y después usted, a ver si se inmunizan ambos pronto y pueden volver a charlar juntos tanto como antes. Lo ha mandado Doña Paquita.
–¿Doña Paquita? ¿la fascista? –se sorprende Gonzalo emocionado por la noticia y sorprendido por las circunstancias–. Ya os decía yo que nunca había que perder la esperanza.
–Otro prejuicio que cae, Gonzalo, otro prejuicio que cae –le suelta su compañero dándole palmaditas en la espalda–.
Mientras, Gonzalo se aleja del grupo para ponerse justo al lado del portal de Belén. El coro de residentes continúa cantando el villancico: “…duerme el niño Jesus, duerme el niño Jesús…”
En tanto escucha el canto, Gonzalo extiende sus brazos respondiendo a la llamada del niño. Lo toma del Belén con mucho cuidado, como si fuera un bebé de verdad, lo acurruca entre sus brazos, lo besa y le susurra:
¡Cuántos prejuicios nos ha quitado esta noche niño Jesús! ¡Y cuántas cosas buenas nos has traído! Gracias Señor, gracias #FindelHilo

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SI quieres regalar hilos de Evangelio por Navidad, pinchando aquí tienes una recopilación de 40 de los más leídos.

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