#Domingo de Resurrección #HilodelaMagdalena

En este Domingo de Pascua te voy a hablar de una figura clave en la Resurrección: María Magdalena, que no era prostituta como crees, y cuyo ejemplo te da las claves para poder «ver» hoy al Resucitado #HilodelaMagdalena #HilosdeSemanaSanta Feliz Pascua de Resurrección #FelizPascua
Lo primero es aclarar términos que solemos dar por sabidos pero que lamentablemente muchos desconocen y llevan a confusión.
Cuando hablamos de «la Magdalena» estamos usando un gentilicio, es decir, estamos diciendo que esta mujer era natural de Magdala, un pueblo a la orilla del mar de Galilea.
No es por tanto, como algunos piensan un nombre despectivo o una forma vulgar de denominarla.
Otros personajes ilustres son conocidos por su gentilicio. Como, por ejemplo El Greco (el griego), cuyo nombre real era Doménikos Theotokópoulos y que por cierto pintó esta Magdalena.
O también otro pintor famoso como el Veronés (de Verona, Italia), cuyo nombre era Paolo Caliari y que, por cierto, también pintó otra Magdalena.
Y muchos santos se conocen por su ciudad de nacimiento o de muerte: San Francisco de Asís, Santa Teresa de Ávila, San Antonio de Padua, San Benito de Nursia, Gregorio Nacianceno…
El caso es que su nombre verdadero era María, un nombre muy común en la época y todavía hoy, pero era conocida por el gentilicio para distinguirla de otras marías.
Esta abundancia de marías es precisamente el origen de la extendida confusión que durante siglos nos ha llevado a relacionar, en el arte e incluso en la liturgia, a la Magdalena con la pecadora perdonada
Para entender bien qué ha pasado, hay que distinguir a tres mujeres que, durante siglos se han identificado con una sola y que la exégesis bíblica actual coincide en distinguir:
1. María Magdalena
2. María de Betania, la hermana de Lázaro y de Marta
3. La pecadora anónima que unge los pies de Jesús
1. María Magdalena es aquella de la que «Jesús había expulsado 7 demonios», que lo acompañó en la pasión y al pie de la cruz, vio cómo lo sepultaron, el sepulcro vacío antes que los apóstoles, fue la primera testigo del Resucitado…
2. María de Betania es la que aparece en la resurrección de su hermano Lázaro, unge de perfume los pies del Señor y se los seca con sus cabellos, escucha al Señor mientras su hermana Marta sirve la mesa…
3. Esta anónima «pecadora» (no necesariamente prostituta) unge con perfume los pies de Jesús y los moja con sus lágrimas y los seca con sus cabellos, pero no en Betania sino en casa de Simón el Fariseo.
Cuando los estudios bíblicos no estaban tan avanzados, era fácil caer en la solución más cómoda: la pecadora (3) y María de Betania (2) son la misma persona.
Y la pecadora (3) se puede identificar también fácilmente con aquella de la que Jesús había echado siete demonios (1), porque Lucas presenta a la una justo después del episodio de la otra.
Para colmo, la película «La Pasión» de Mel Gibson que casi todo el mundo católico ha visto y muchos tienen como referente visual, identifica a la Magdalena (1) con otro personaje femenino (4), la adúltera que iba a ser lapidada, contribuyendo aún más al cacao.
Explicar ahora cómo fue la formación de los evangelios, por qué difieren unos de otros, los géneros literarios y con qué fuente quedarnos es complicado por falta de tiempo y de espacio. Pero lo que sí nos puede quedar claro es que en ningún sitio aparece que fuera prostituta.
Lo que durante siglos fue una confusión hoy superada, sirve de filón, no obstante, para que la cultura actual convierta a María Magdalena en ariete contra el propio Evangelio.
La literatura y el cine la suelen presentar como ejemplo de mujer «liberada» (identificar prostitución con liberación es de traca, pero en fin), otros la relacionan con Jesús como pareja…
La cosa es presentarla como sexualmente activa e independiente (le adjudica en definitiva las obsesiones del mayo del 68).
Interpretar a un personaje oriental de hace 2.000 años desde las claves culturales de hoy en Occidente acaba de la calamitosa manera que hoy vemos en películas, series y novelas.
Pero claro, tiene mucho más morbo decir que era prostituta a decir que «tenía siete demonios». Da más juego literario y despierta más curiosidad (y ventas), porque el demonio solo interesa si hace efectos especiales.
El número siete, para los hebreos, significa totalidad. O sea que María de Magdala estaba sometida «totalmente» al demonio y el Señor la liberó.
No estamos hablando de echar espumarajos por la boca ni de rotar la cabeza 360 grados, sino de pasar de la esclavitud del pecado a la libertad de los hijos de Dios, algo que tú que me lees puede que hayas experimentado en alguna ocasión.
Son impresionantes los testimonios de conversos que vivían totalmente alejados de Dios (atados por siete demonios) y que, tras su encuentro con el Señor, su vida cambió completamente. Nadie como ellos para hablar de Dios, nadie como ellos para testimoniar el Evangelio.
Así, por ejemplo, San Pablo o San Agustín de Hipona. Esas personas a cuyas vidas el Evangelio les da la vuelta como un calcetín, se convierten en los mejores apóstoles. Quizá por eso María fue elegida para ser la primera testigo de la Resurrección.
Y que conste (antes de continuar) que no pasaría nada si María Magdalena hubiera sido prostituta, pecadora pública, adultera o ¡qué se yo!, ladrona o asesina, que Cristo perdona a todo el que se arrepiente; pero que, según la Biblia, no lo fue.
Tras esta aclaración de conceptos sobre su figura histórica, lo que hoy, Domingo de Pascua, nos interesa de ella es que fue la primera testigo de la Resurrección.
El Evangelio de hoy nos la presenta caminando hacia el sepulcro tal día como hoy, el primero de la semana, al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y al llegar «vio la losa quitada del sepulcro».
Dice que «echó a correr y fue donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto»».
Fíjate que de primera hora María no cree en la Resurrección, piensa que se han llevado el cuerpo que ella iba dispuesta a terminar de preparar para la sepultura.
Así que su primer anuncio no fue «¡Ha resucitado!» sino «¡Han robado el cuerpo!»
Es curioso porque si la resurrección hubiera sido un cuento inventado por los apóstoles para fortalecer al grupo, los evangelios no habrían recogido esta duda inicial de la Magdalena.
Eso les deja en muy mal lugar, por lo que se adivina que han querido respetar el relato sin esconder sus debilidades, sin darse autobombo.
En el pasaje que sigue al Evangelio que se lee hoy, vemos que María Magdalena va por segunda vez al sepulcro. Está rota de dolor doblemente. No solo han matado a Jesús sino que ahora han profanado su cuerpo los ladrones.
El pasaje nos sitúa en una especie de jardín (un huerto), que recuerda al jardín del Edén.
Y Jesús se aparece a María aunque ella no lo reconoce, se cree que es el jardinero.
Es curioso, pero los evangelios no nos presentan la visión de Jesús resucitado de una forma clara. No se le reconoce si no es desde la fe. Acuérdate de los de Emaús que no lo reconocieron durante horas.
A nosotros hoy nos pasa igual. Quisiéramos que Dios nos hablara más claramente, que se apareciera de vez en cuando y nos dijera haz esto, tira por aquí o por allá… ¡Pero es tan difícil verlo! (imposible, sin fe)
Para reconocer a Jesús resucitado (también hoy en los acontecimientos de la vida diaria) es necesaria otra vía de conocimiento distinta a la razón y a los sentidos. Es la fe que se suscita cuando ella oye que la llaman por su nombre: «¡María!»
Dice al respecto Benedicto XVI que «también nosotros, si buscamos al Señor con sencillez y sinceridad de corazón, lo encontraremos, más aún, será él quien saldrá a nuestro encuentro; se dejará reconocer, nos llamará por nuestro nombre»
No podemos «ver» al Resucitado sin «creer» en Él.
Y a veces, la lente, las gafas que nos ayudan a verle son las lágrimas, como las que derramó nuestra hermana María de Magdala este día.
Al escuchar su nombre, María reconoce al Maestro, pero Este le dice: «Suéltame que todavía no he subido al Padre».
Es extraña esta respuesta ¿No me toques? ¿No entra en conflicto con la que le dijo a Tomás cuando le pidió que metiera su mano en sus llagas y en su costado?
Pues fíjate que no se contradicen, sino que se apoyan. Una explica la otra.
Por un lado, María quería volver a recuperar al Maestro como lo había conocido antes, sin el desagradable recuerdo de la cruz que ella vivió de cerca. Y eso ya no es posible, porque Jesús ha sido transformado, hay que entablar con Él una relación nueva.
Por su parte, Tomás, que no había sido testigo de la crucifixión (pues huyó junto a los apóstoles), necesitaba tocar la cruz. Testimoniar que el que ahora se muestra de una forma nueva es el mismo que murió en la cruz.
Esta experiencia nos la explica San Pablo cuando nos dice que el que está en Cristo es una nueva creación. Pasó lo viejo. Todo es nuevo. A Jesús, que está ya junto al Padre, solo lo podemos tocar subiendo donde Él.
Esta nueva relación no se «ve». Dirá San Pablo que por el bautismo, hemos «muerto» (a la vida anterior) y «nuestra vida está oculta unida con Cristo en Dios».
O sea, que tu verdadera existencia si estás bautizado, está ya allá arriba, a la derecha del Padre, aunque eso no se vea, está «oculto».
Descubrir tu bautismo es tocar a Cristo. Por eso en esta noche santa hemos renovado nuestro bautismo para recordar que somos ¡ciudadanos del cielo!
¿Y la explicación de por qué se sitúa en un jardín el encuentro de la Magdalena con el Resucitado? También nos ayuda a entender esta «nueva creación»
¿Recuerdas cuál fue la primera palabra humana que se oyó en el jardín del Edén? Fue un grito de amor de Adán: «¡Esta sí que es carne de mi carne y huesos de mis huesos! Esta será llamada MUJER, porque del varón ha sido tomada»
Fíjate en el paralelismo con la escena en el jardín junto al sepulcro. Jesús, el nuevo Adán, le dice: ¿MUJER, por qué lloras? y luego un grito ¡María!
¿A que es preciosa la correspondencia?
Santo Tomás de Aquino nos explica también que: «una mujer había anunciado al primer hombre palabras de muerte (por Eva) y también una mujer fue la primera en anunciar a los apóstoles palabras de vida (por Magdalena)».
Por eso la definió como Apostolorum apostola (Apóstola de los apóstoles) y por eso ahora el papa Francisco ha establecido que su fiesta litúrgica (22 de julio) se celebre con el mismo rango con la que se celebra la de los apóstoles.
Y para terminar, un detalle ¿sabes dónde se veneran las reliquias de Santa María Magdalena según la tradición?
Pues en la abadía de Santa María Magdalena en Vèzelay, en Borgoña. Una obra maestra del románico desde la que miles de peregrinos de la Edad Media iniciaban el camino a Santiago de Compostela.
Y en ella comencé el pasado Jueves Santo los hilos de este Triduo Santo dando otro punto de vista en torno a otro pecador, Judas. Aquí lo tienes

Así que este pecador que escribe cierra el círculo de esta Semana Santa invitándote a leerlo si no lo hiciste y deseándote que, como le pasó hoy a Magdalena, como me pasó un día a mí, puedas tener tú también un encuentro que te haga gritar ¡Maestro! #FindelHilo