Viernes Santo #HilodelaNazarena

Para este Viernes Santo, te propongo un cuento de Semana Santa. Se titula «La nazarena de azul celeste» y te ayudará a entrar en las horas más amargas de la vida de Jesús. Si tienes una pena, aunque no seas creyente, ven, pasa #HilodelaNazarena #ViernesSanto #HilosdeSemanaSanta
Durante años me convencí de que solo había sido un sueño, de que “aquello” había sido fruto de mi imaginación infantil o una confusión típica del duermevela en el que cae un niño de nueve años a la una y media de la madrugada.
Pero conforme fui madurando y las dificultades de la vida se fueron sucediendo, entendí que aquello había sido un don, un regalo del cielo.
Quizá en una calle cualquiera de tu ciudad, en esta noche de Viernes Santo, te pueda pasar algo parecido. Solo tienes que tener el oído abierto y el corazón de un niño.
Mi madre no era muy creyente, pero no se perdía una Semana Santa. No se perdía una Semana Santa, ni una feria, ni un carnaval, ni una cabalgata de Reyes, ni un día del Carmen… Cualquier excusa era buena para salir a la calle.
–La casa me agobia, me parece que me va a comer –repetía–.
La recuerdo pintándose los labios y cepillándose el pelo frente al espejo de la entradita mientras nos gritaba: «¿Estáis listos?»
Mi hermana y yo sabíamos que había que correr porque cuando a mi madre le entraba el agobio, salía por la puerta y el que no anduviera listo se quedaba encerrado en casa hasta que regresara.
Siempre volvía al minuto y medio de cerrar la puerta con llave, pero el susto que se nos quedaba en el cuerpo hacía que no se nos olvidara que cuando ella decía «ya» significaba «¡ya!».
La pobre pasaba mucho tiempo sola en casa. Mi padre era marino y vivía casi nueve meses al año fuera de casa.
En la calle, a mi madre se le quitaban las penas y los ojos le brillaban de una forma especial. Hablaba con todo el mundo y todos la conocían.
En Semana Santa siempre reservaba las mismas sillas para ver las procesiones, y los vecinos de sitio ya eran como de la familia.
Aquella noche era más fresca de lo habitual, por lo que muchos niños no habían bajado. Así que en la sección infantil de nuestro corrillo estábamos solos mi hermana y yo y el panorama del aburrimiento se cernía sobre nuestras cabezas.
En un momento de la noche, decidí acurrucarme en los brazos de mi madre, que me envolvió con su abrigo mientras esperábamos que pasara la última procesión.
Es una experiencia muy enriquecedora cerrar los ojos en una ciudad y «contemplar» cómo suena.
Aquella noche sonaba a pipas, a cornetas y tambores, a vendedores de almendras recitando su cantinela, a grupos de adolescentes yendo y viniendo, a tos de la señora del balcón y… ¿a llanto?
Al principio sonaba solo como un suspiro de alguien cercano, pero poco a poco, conforme me concentraba, escuchaba un perfecto sollozo.
Se estaba tan calentito en esa siesta que no tenía ninguna gana de moverme, pero la curiosidad de saber quién era el que lloraba me hizo abrir los ojos y desperezarme.
Bajé de los brazos de mi madre que, ajena a mis pesquisas, me dejó ir. Miré a un lado y a otro y no vi a nadie en actitud lastimera.
Todos estaban charlando o en silencio mirando al grupo de nazarenos con la túnica azul celeste que estaba detenido en ese momento frente a nosotros.
¿De dónde vendría el lamento? Agucé el oído buscando la frecuencia oportuna entre la multitud de ruidos que me rodeaban cuando… ¡Ahí estaba!
El sonido provenía de detrás de uno de los capirotes. Era una mujer más bien bajita, de talla menuda. Llevaba un rosario en la mano que me llamó la atención porque sus cuentas brillaban como si fueran diamantes.
Me quedé mirándola fijamente y pude ver sus ojos bañados en lágrimas. Eran unos ojos grandes y negros que parecían contener el universo entero. Miraban al Cristo que iba delante, a tan solo unos metros.
Visto desde atrás, la imagen era imponente. La cruz estaba frente a un potente foco cuya luz recortaba su silueta inundando de rayos el contorno del cuerpo ya sin vida de Jesús.
Hasta de espaldas, ese Cristo hablaba de derrota, de extenuación, de tortura. De aquella fotografía de cartel, mis ojos volvieron a los de la nazarena de azul celeste y descubrí que ahora era ella la que me miraba a mí.
A pesar de que sus ojos estaban aún húmedos, pude intuir una sonrisa debajo del capirote.
El recuerdo que guardo es que, en ese momento, ella y yo nos sumergimos en una burbuja insonorizada, aislados del resto del mundo, que seguía, ajeno, con sus conversaciones y sus asuntos.
–¿Por qué lloras? ¿Te duelen los pies? –le pregunté con la ingenuidad con la que los niños preguntan estas cosas, sin miedo a ser indiscretos–.
–Me duelen, sí, pero no lloro por eso –me contestó con voz dulce y serena–. Lloro porque ha muerto Jesús.
–Pero –volví a mirar al Cristo que seguía detenido unos metros más allá–, eso fue hace mucho tiempo. ¡Y además, luego resucita!
–¡Sí! –rio la nazarena mientras se colocaba bien el capirote para hacer coincidir de nuevo sus ojos con los orificios correspondientes–. Pero para mí es como si pasara hoy otra vez. Como si él volviera a morir por mí y también por ti.
–Ah, entiendo –le dije yo sin estar nada convencido de lo que decía–.
Pero ella, que parecía leer mi mente, continuó:
–No te preocupes si no entiendes muchas cosas. Yo muchas veces tampoco entendía nada, pero me fiaba de él –levantando la vista hacia el crucificado– y al final, todo tenía su explicación.
Mira –musitó mientas se agachaba para estar más cerca de mi oído–, puede que hoy o mañana o el mes que viene, te den una mala noticia; algo que te rompa el corazón. Cuando te pase y estés triste, piensa en mí.
Acuérdate de esa nazarena que lloraba, porque yo estaré a tu lado, llorando contigo. No podré explicarte nada, no podré justificar lo que pasó, pero seré tu compañera en el dolor.
Yo hoy, estoy aquí, caminando muy cerquita de la cruz, para que tus lágrimas sean las mías. Verás como así serán menos amargas.
Guarda esta imagen –me dijo mientras metía una estampita en el bolsillo interior de mi abrigo– y ten esperanza.
–¡Antoñito, Antoñito!
Escuché gritar a mi madre mientras se acercaba, agitada, con mi hermana agarrada del brazo.
–Tenemos que irnos, corre, dame la mano.
Mientras corríamos fuera del bullicio, giré la cabeza y vi cómo el Cristo había retomado su marcha y la nazarena de azul celeste emprendía también su paso haciéndome con la cabeza un gesto de despedida.
Al llegar a casa estaban allí mis tíos con rostro muy serio. Mi tía Juani nos llevó a mi hermana y a mí a la cocina para prepararnos un colacao mientras mi madre entraba en el salón, preocupada, preguntando ¿qué ha pasado?
Fue la noche en que nos comunicaron que el barco donde trabajaba mi padre se había hundido por culpa de una tormenta. Desde la cocina escuchábamos los llantos de mi madre, desconsolada. Aún los recuerdo como si fuera ayer.
A mi padre no lo pudimos enterrar. Su cuerpo desapareció, se lo tragó el mar, pero le hicimos un funeral a los pocos días.
En la homilía, el cura habló sobre María como madre que consuela a sus hijos: –«Muchas veces, ella tampoco entendía nada, pero se fiaba de Él» –dijo señalando la imagen del crucificado que presidía la parroquia–
Me quedé mirando la talla y ¡resultó ser el mismo Cristo que yo había visto de espaldas en la conversación con aquella nazarena!
Me acordé entonces de sus palabras, de su invitación a acordarme de ella en los momentos de dolor, de su promesa de que estaría llorando conmigo en mis pesares y de que me había guardado una estampita en mi abrigo,
¡Era el mismo abrigo que llevaba puesto!
Me apresuré a meter la mano en el bolsillo interior, junto al pecho izquierdo, y saqué la estampa:
Era una imagen de una Virgen dolorosa, la misma que presidía la parroquia a los pies de la cruz. Pero en la fotografía se apreciaban mejor los detalles.
Era más bien bajita, de talla menuda.
Sus ojos, cargados de lágrimas, grandes y negros que parecían contener el universo entero.
Y en sus manos, un rosario. Un rosario muy especial cuyas cuentas parecían brillar como diamantes, y una túnica azul celeste… ¡Virgen Santísima! #FindelHilo
PD. Este cuento lo publicó originalmente el especial de Semana Santa de @ElSoldAntequera. Gracias a Antonio J. Guerrero por animarme a escribirlo y por permitirme compartirlo también con vosotros