#HiloDeMiPadre

Ayer, víspera de #SanJosé y del #DíaDelPadre dimos sepultura al mío. Estos días próximos a su muerte he reflexionado mucho sobre la paternidad, sobre qué significa tener un padre y qué significa serlo. Así que no es este un hilo triste, es el #HiloDeMiPadre #FelizDíaDelPadre
Lo primero que tengo que decir es que mi padre nunca se arrogó la paternidad, nunca me hizo creer que yo era de su “propiedad”
Nunca me hizo sentir, como Mufasa a Simba, que yo era “SU hijo” y que por tanto tenía que dar la talla o, ahora que ha muerto, honrar su memoria.
Ojo al Rey León, que es muy bonita, pero para mi gusto describe una relación paterno-filial algo tóxica.
Hay padres que buscan que sus hijos lleguen donde ellos no llegaron, que continúen lo que ellos o sus abuelos emprendieron, que les hagan sentir orgullosos…
Buscan que sus hijos sean una prolongación suya ¡Hasta una vez muertos quieren dirigirles la vida!
Por ejemplo, no es normal que todos los niños quieran ser futbolistas. Siendo un deporte precioso, hay otros muchos deportes que los niños podrían practicar pero, ¡ay!
¿Cuántos padres quieren que sus hijos sean saltadores de pértiga? Te hablo incluso de medallista olímpico ¿Hay menos verdad?
¿Por qué? Pues porque detrás de la desmedida afición al fútbol de muchos niños, lo que hay es el deseo de un padre o de una madre de que su hijo sea futbolista profesional y logre la fama y, sobre todo, la pasta que se mueve en este deporte.
La violencia en el futbol infantil tiene mucho que ver con esta triste realidad. Priman los intereses egoístas de algunos padres sobre el bien del niño.
Pasa también con los estudios. ¿Cuántos médicos, músicos, empresarias, abogadas o economistas lo son por gusto de sus padres, sin auténtica vocación?
Mi padre siempre me orientó, me aconsejó, me dijo: “esto puede tener salida, esto no; esto se te da bien, esto no…“ me ayudó en la toma de decisiones, pero me dio la libertad de escoger qué quería hacer yo con mi vida.
Mi padre ha sido fundamental para saber quién soy. Él me enseñó qué significa ser hombre, qué nos diferencia de las mujeres y cómo debía ser mi relación con ellas.
Una relación basada en la igualdad, en el respeto, en la amistad, en el cariño y en la admiración por su complejidad (para los hombres seréis siempre un misterio, y viceversa).
No me habló mucho mi padre sobre esto. Yo lo aprendí viendo cómo él trataba a mi madre y cómo ambos se apoyaban mutuamente en una relación de igualdad en la diversidad de carismas.
Él me abrió a la sociedad. Él rompió la natural querencia del bebé que encuentra la seguridad y el afecto en la madre y me enseñó a salir al mundo, a abrirme a los demás.
A mis hermanos y a mí nos llevaba a conocer la ciudad y nos enseñaba a desenvolvernos con propiedad con los extraños. Él me hizo reconocer el valor del otro, del vecino, del vendedor de prensa, del barrendero…
Me advirtió de los peligros que acechan la calle, pero también me dio confianza para caminar libre por el mundo. Seguro de mí mismo aunque a veces sucedan los inevitables accidentes.
Aunque me quería con locura, yo nunca podía competir con su afecto hacia mi madre o el de mi madre hacia él. Se peleaban, como tantos, pero se reconciliaban y todo volvía a empezar. Eso no me hacía sentir menos querido sino todo lo contrario.
Me hacía sentir más tranquilo puesto que una unión tan fuerte que ni los hijos podíamos romper me daba seguridad, estabilidad. Ellos han sido roca firme que sostenía el hogar.
Él no pretendió nunca ser mi amigo, no buscaba a toda costa mi afecto, pero a veces me llamaba hermano y siempre tenía tiempo para escucharme.
Me corregía a menudo, y a veces de forma muy seria. Me dejaba claros los límites infranqueables. Eso me hizo entender que no era el dueño del mundo, que tenía que respetar normas y enfrentarme a las consecuencias de no hacerlo.
Mis éxitos, los relativizaba para que no se me subieran a la cabeza y también mis fracasos, para mantener siempre la esperanza.
Mantuvo su papel de maestro experimentado de la vida y, a relativa distancia, mi sitio de aprendiz. No se rebajó para buscar congraciarse conmigo aunque era muy cariñoso y siempre atento a mí.
Mi padre ponía en cuestión todas las falsas promesas de felicidad que nos ofrece el mundo. “Vanidad de vanidades”, repetía cuando hablábamos de dinero, de éxito, de fama…
En los momentos de dificultad, que hemos pasado muchos y muy graves: económicos, de salud… nunca perdía la esperanza (al menos de cara a nosotros).
Podría escribir miles de tuits con todo lo que me enseñó, pero no quiero alargarme y sí explicar lo más importante de todo, la clave de que mi padre haya sido un padre 10.
Me lo contó una mañana de verano, muy temprano, cuando íbamos en el coche camino de Marbella y los primeros rayos de sol iluminaban la playa.
En vacaciones me dejaba acompañarle de vez en cuando en sus rutas como comercial por la provincia de Málaga. Yo tendría 14 ó 15 años.
Extasiados por la belleza de ese amanecer, me dijo:
–Antonio. Tengo que decirte una cosa. Verás, yo… yo NO soy tu padre
Por cierto, que ahora que lo pienso tanto Mufasa como Darth Vader están doblados en castellano por el mismo actor, el gran Constantino Romero. La voz de mi padre no sonaba tan solemne, pero para mí fue un momento mágico.
–Ehhh ¿Cómo dices? –le contesté–
–¿Quién crees que es el padre de todo esto que vemos? El sol, el mar, las aves…
–Pues Dios papá. Él lo ha creado todo. ¿Y eso qué tiene que ver con que no seas mi padre?
–Pues que yo tampoco te he creado a ti. Hay alguien, un ser que es todo amor, que ha pensado en ti y te ha llamado a la vida para que nos acompañes a tu madre y a mí en nuestra existencia.
–Lo nuestro ha sido un papel secundario, un servicio que estamos desempeñando con mucho gusto; pero no nos perteneces ni a tu madre ni a mí. Tú eres hijo de Dios y es a Él a quien tienes que buscar agradar siempre. Busca qué quiere de ti y encontrarás la felicidad.
Lo profundo de la conversación provocó un incómodo silencio que mi padre rompió poniéndose a cantar a voz en grito el Aleluya de Haendel, a cuyo divertido coro me uní como solíamos hacer con esta y otras canciones cuando viajábamos él y yo solos al más puro estilo Carpool karaoke
Al cabo de 30 años he llegado a entender todo lo que quiso decirme aquel día. El gran secreto, la clave de qué significa ser padre es entender la misión paternal que no es otra que abrirnos, romper el caparazón de nuestro yo y llevarnos al encuentro con el otro.
Un padre rompe el cordón umbilical que nos une a nuestra madre. Su existencia nos abre por primera vez al otro porque los bebés no distinguen aún a su madre de sí mismos. El padre nos abre a la “trinidad” familiar básica, que es reflejo de la otra Trinidad.
Un padre rompe el cascarón del miedo al mundo exterior, fuera del hogar, y nos abre a los extraños, nos abre al prójimo. Nos hacer ver que el otro también es “hermano”, porque compartimos un mismo Padre. Nos hace poder decir “Padre nuestro…”.
Un padre rompe, llegada cierta edad, la excesiva querencia de los hijos por su familia, marcando distancias, haciendo ver que el único núcleo indivisible es el matrimonio e invitando así a los hijos a volar fuera del nido, buscando la vocación a la que cada uno ha sido llamado.
Un padre rompe la tendencia de los hijos a idolatrar a sus padres y a vivir “enganchados” a satisfacerlos, haciéndoles ver que hay Alguien mucho mayor que ellos que los ama mucho más que ellos y que es la fuente de nuestra felicidad.
Así, aunque un día falten, nunca el hijo se sentirá solo, porque su verdadero Padre nunca, nunca lo abandonará.
¿Entendéis ahora porqué San José fue tan importante, tan necesario?
Todos los padres y también todas las madres deberíamos tenerlo a él como referencia. Sintiendo a nuestros hijos como un regalo, como una misión, como algo que no es de nuestra propiedad sino que está en préstamo.
Somos padres de acogida porque su verdadero Padre tiene una historia pensada para cada uno de ellos. Una historia fantástica en la que nuestras intromisiones no hacen sino estropear el final.
Amar a un hijo significa mostrarle qué es el amor, Quién es el Amor.
Y eso ha hecho mi padre conmigo. Por eso, nunca podré agradecerle suficientemente los 45 años que me ha dedicado, aunque sé que, hoy, mi verdadero Padre que es el mismo que el suyo, se lo estará pagando con creces en una medida buena, apretada, remecida, rebosante.
Por cierto, ¿sabéis cuál fue la última palabra que dijo mi padre días antes de morir?
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