#HilodelCorpus

Mira lo que me ha pasado esta mañana. Cuando murió mi padre, hace unos meses, me dejó su breviario. Y al abrirlo hoy, por la página correspondiente a la fiesta del Corpus Christi, me he encontrado esto. ¿Qué significará? Para mí es un misterio… #HiloDelCorpus #CorpusChristi
Mi padre solía dibujar en su biblia, en su breviario y en algunos de sus libros, pequeños garabatos que le recordasen alguna enseñanza y frases seleccionadas que le hubieran llamado la atención o que pudieran aportar algo de sus múltiples lecturas a lo que allí se dice
Son pequeñas glosas con las que él recordaba de un año para otro, aspectos de las lecturas o de los salmos que le hubieran llegado más al corazón o que quería recordar de una forma especial.
Pero el dibujo de esta mañana me ha desconcertado un poco, porque no sé bien qué significa.
¿Pretendía él que yo la leyera en el futuro y que recordara que seguía estando siempre a mi lado a pesar de que la muerte nos hubiera separado?
Ahora que me fijo, la frase habla del fin del mundo y el dibujo podría parecer una especie de planeta tierra…
Un planeta tierra en el que hubiera un único continente. ¿Se querría referir con la ilustración a cómo será el fin del mundo?
Recuerdo una vez que me dio un recorte de una revista National Geographic en el que se hablaba de “Pangea Última”. ¿Sabes qué es?
Pangea Última o Pangea II o Neopangea sería el continente único en el que, según algunos teóricos, todos los continentes que actualmente conocemos confluirán dentro de unos años, 250 millones de ellos para ser exactos.
¿Seguirá existiendo vida humana sobre la tierra dentro de 250 millones de años? Si seguimos explotando el planeta a este ritmo seguro que no.
Quienes no existiremos desde luego seremos tú y yo o, al menos, en nuestra corporalidad. Nuestras moléculas de carbono quizá formen entonces parte de una roca sedimentaria; y las de agua, de un árbol en Nueva Zelanda.
Nuestra alma sí seguirá existiendo, como nos recuerda el catecismo, junto a Dios mientras esperamos el definitivo “fin del mundo” y poder reunirnos entonces con nuestro cuerpo glorificado.
Por cierto, hablando de cuerpo, estamos celebrando el día del Cuerpo y la Sangre de Cristo… ¿Y si en vez de un planeta, el dibujo es una forma eucarística? Y si es una… ¡Hostia!
Pensarás que las hostias no tienen esa mancha, pero también he recordado una vez que mi padre me enseñó un artículo (¡mira que me has ido dejando pistas papá!), en el que se hablaba del milagro eucarístico de Orvieto que explicaría esa parte oscura en la forma.
¿Que no sabes qué pasó en Orvieto? Te cuento:
En el año 1264, un sacerdote, el Padre Pedro de Praga, dudaba sobre el misterio de la transubstanciación del Cuerpo y de la Sangre de Cristo en la Eucaristía.
(abro paréntesis) Con esta palabra tan rara, transubstanciación, se quiere decir que en el pan y el vino consagrados en la Misa se encuentra realmente el Cuerpo y la Sangre de Cristo.
La “substancia” del pan y del vino, que a la vista, el tacto, el oído, el gusto y el olfato, siguen siendo pan y vino, se convierte en la substancia de Cristo.
Es lo que llamamos también la presencia real de Cristo en la Eucaristía y lo que celebramos hoy, día del Corpus Christi (cierro paréntesis).
Pues bien, resulta que este hombre acudió en peregrinación a Roma para pedir sobre la tumba de San Pedro la gracia de una fe fuerte; porque eso de que aquel trozo de pan y sorbo de vino fueran Jesucristo mismo, como que no…
Dicen que, de regreso de Roma, Dios se le manifestó de manera milagrosa ya que cuando celebraba la misa en Bolsena (un pueblo en el trayecto), en la cripta de Santa Cristina; la hostia sangró, manchando el corporal (el paño que se pone sobre el altar).
Rafael pintó la escena en su famoso fresco “La misa de Bolsena” que se puede contemplar en los Museos Vaticanos.
La noticia del prodigio llegó pronto al Papa Urbano IV, que se encontraba en Orvieto, ciudad cercana a Bolsena. Hizo traer el corporal en solemne procesión y, al constatar los hechos, se arrodilló frente al corporal y lo mostró a la población.
Al poco, y a través de la Bula ‘Transiturus’, el papa instituyó la Solemnidad del Corpus Christi, el jueves posterior a la solemnidad de la Santísima Trinidad.
Una solemnidad que en la mayor parte del mundo se trasladó al domingo (hoy, domingo después de la Trinidad), para facilitar la participación de los fieles puesto que el jueves festivo se eliminó con el tiempo en la mayoría de los países.
Incluso el papa Francisco lo cambió hace dos años en el Estado del Vaticano al domingo, después de siete siglos celebrándose el jueves. Y lo hizo por motivos pastorales, para dar más solemnidad a la fiesta haciéndola coincidir con el festivo de Roma.
Bueno, y volviendo al tema. ¿Podría ser el dibujo una forma de representar esa hostia manchada de sangre? ¿Es el milagro de Orvieto? Quizá, aunque mi padre no era muy dado a las “manifestaciones extraordinarias”.
Me decía que nos podían hacer perder el asombro ante lo extraordinario de lo ordinario, ante el milagro de cada día.
Así que he seguido investigando y fijándome en aquel papa, Urbano IV, y veo que su amor a la Eucaristía era enorme. Fue él quien solicitó a Santo Tomás de Aquino preparar el Oficio Litúrgico para la conmemoración en honor al Cuerpo y la Sangre de Cristo.
Y el “doctor angélico”, como también se le llama, compuso entonces una obra maestra de la poesía y de la teología, el “Pange Lingua” que hoy se canta en todas las procesiones del Corpus del Mundo.
Os la pongo aquí en español y en latín. Vale la pena estudiarla en latín, la lengua en la que fue compuesta por admirar la economía y belleza de su lenguaje. No se puede decir tanto, tan profundo, en tan poco espacio y con tanto preciosismo.
Sus últimas dos estrofas son también conocidas como el Tantum Ergo (con esas palabras comienza) y se cantan también solas en la adoración eucarística.
Es una pena que ya no se enseñen a los niños estas oraciones básicas en latín. Deberíamos revisarlo en las catequesis o en las clases de Religión, porque, si se pierden, habremos perdido catedrales de la liturgia.
Un desastre como el de Notre Dame, pero silencioso, sin cámaras que recojan el momento de la caída.
Pero indagando más en Urbano IV, el papa que instituyó el Corpus, he descubierto que su devoción por esta fiesta no le vino solo por ser testigo del milagro de la Misa de Bolsena, sino que le viene de mucho antes y de manos de una mujer.
¡La mujer en la Iglesia suele estar al principio de todo! Siempre en segundo plano, siempre discretamente, pero siempre empujando y sosteniendo la fe.
Me refiero a Juliana de Cornillon, hoy Santa Juliana de Lieja, que dedicó gran parte de su vida a promover la devoción del Corpus Christi.
Primero convenció al obispo de Lieja, Roberto de Thourotte, quien, después de los titubeos iniciales, acogió la propuesta de Juliana y de sus compañeras, e instituyó, por primera vez, la solemnidad del Corpus Christi en su diócesis.
Más tarde, otros obispos lo imitaron, estableciendo la misma fiesta en sus territorios.
Y entre los sacerdotes a quienes subió al carro de la fiesta del Corpus Christi estaba el archidiácono de Lieja, Santiago Pantaleón de Troyes, que llegaría a papa ¿con el nombre de? ¡Claro! ¡de Urbano IV!
Y es que decir “de Lieja” no es importante solo por ser la ciudad en la que nació, sino porque allí, en los siglo XII-XIII en que ella vivió, se estableció en palabras de Benedicto XVI, «un verdadero «cenáculo eucarístico».
Allí, nos sigue contando el papa alemán, «antes que Juliana, teólogos insignes habían ilustrado el valor supremo del sacramento de la Eucaristía».
«Y también en Lieja, había grupos femeninos dedicados generosamente al culto eucarístico y a la comunión fervorosa. Estas mujeres, guiadas por sacerdotes ejemplares, vivían juntas, dedicándose a la oración y a las obras de caridad».
«Juliana se hizo religiosa agustina y adquirió una notable cultura, hasta el punto de que leía las obras de los Padres de la Iglesia en latín, en particular las de san Agustín y san Bernardo».
«Además de una inteligencia vivaz, Juliana mostraba, desde el inicio, una propensión especial a la contemplación; tenía un sentido profundo de la presencia de Cristo, que experimentaba viviendo de modo particularmente intenso el sacramento de la Eucaristía».
«A menudo –concluye Benedicto XVI– se detenía a meditar sobre las palabras de Jesús: “He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20)».
¡UN MOMENTO! ¡Son las palabras que mi padre había escrito junto al dibujo de la forma manchada de sangre!
¡Tengo que saber más de esta santa! Voy a buscarla en Google.
¿Ves algo especial? Yo tampoco. Una monja con una custodia en la mano, aunque, espera…
¡No puede ser!
Te amplío este cuadro de ella que aparece casi al final
¿Lo ves o no?
¿Es la forma manchada de sangre o qué es eso que se ve en la ventana?
¡Aquí está la respuesta al misterio del dibujo y la frase en el salterio de mi padre! Voy a leer más de ella a ver si lo explican.
Dicen que el cuadro corresponde a una visión que Juliana guardó en secreto durante cerca de veinte años.
La primera vez que le ocurrió fue a los 16 años y después se repitió varias veces en sus adoraciones eucarísticas.
La visión presentaba la luna llena con una mancha oscura.
El Señor le hizo comprender en estas visiones el significado de lo que se le había aparecido.
La luna simbolizaba la vida de la Iglesia sobre la tierra; la parte opaca representaba, en cambio, la ausencia de una fiesta litúrgica en la que los creyentes pudieran adorar la Eucaristía.
La institución de esta fiesta serviría para «aumentar su fe, avanzar en la práctica de las virtudes y reparar las ofensas al Santísimo Sacramento».
La Iglesia –a la que se ha comparado desde los primeros siglos con la luna puesto que no tiene luz propia, sino que refleja la del sol/Cristo– no estaba completa; le faltaba el Corpus para terminar de brillar.
Este era el significado de la visión, y por eso ella defendió con tanto ahínco esta festividad.
Urbano IV estableció la fiesta para la Iglesia Universal en 1264, seis años después de que ella muriera.
En la bula (el documento) de institución de esta conmemoración, el papa alude con discreción a estas experiencias místicas de Juliana, avalando su autenticidad.
Y escribe: «Aunque cada día se celebra solemnemente la Eucaristía, consideramos justo que, al menos una vez al año, se haga memoria de ella con mayor honor y solemnidad».
Así que aquí estamos tú y yo hoy, celebrando el Corpus, conociendo su génesis hace siete siglos y la experiencia mística de una mujer que, con su afán y su tesón, transformó la vida de la Iglesia.
Santa Juliana quería que meditásemos también sobre esta frase de Mateo 28, 20: «He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo»
En la Eucaristía, Jesús quiso quedarse con nosotros de una forma especial. En la última cena, puesto que iba a dejar a los suyos bajo su forma visible, quiso dejarnos su presencia sacramental.
Así pues, en la custodia que hoy recorrerá las calles del planeta, se manifiesta que Jesús permanece en medio de nosotros.
Como a Santa Juliana le gustaba mucho leer a San Agustín, he querido profundizar en su doctrina sobre la Eucaristía y he encontrado una enseñanza preciosa que comparto contigo para terminar hoy.
Dice San Agustín que, en una especie de visión, Jesús le dijo: «Manjar soy de grandes: crece y me comerás. Ni tú me mudarás en ti como al manjar de tu carne, sino tú te mudarás en mí» (Confesiones VII, 10, 18).
Es decir, que el pan Eucarístico no es solo como el pan normal, que nutre a quien lo come y, entra a formar parte de su organismo; sino que, comiéndolo, somos nosotros los que nos transformamos en Jesucristo, nos hacemos uno con Él.
«Nuestra individualidad, en este encuentro –explica Benedicto XVI en una catequesis sobre esta frase de San Agustín–, se abre, se libera de su egocentrismo y se inserta en la Persona de Jesús, que a su vez está inmersa en la comunión trinitaria».
«De este modo, la Eucaristía, mientras nos une a Cristo, nos abre también a los demás, nos hace miembros los unos de los otros: ya no estamos divididos, sino que somos uno en él».
«La comunión eucarística me une a la persona que tengo a mi lado, y con la cual tal vez ni siquiera tengo una buena relación, y también a los hermanos lejanos, en todas las partes del mundo».
«De aquí, de la Eucaristía, deriva, por tanto, el sentido profundo de la presencia social de la Iglesia, como lo testimonian los grandes santos sociales, que han sido siempre grandes almas eucarísticas».
«Quien reconoce a Jesús en la Hostia santa, lo reconoce en el hermano que sufre, que tiene hambre y sed, que es extranjero, que está desnudo, enfermo o en la cárcel; y está atento a cada persona, se compromete, de forma concreta, en favor de todos aquellos que padecen necesidad».
«Del don de amor de Cristo proviene, por tanto –concluye el papa emérito–, nuestra responsabilidad especial de cristianos en la construcción de una sociedad solidaria, justa y fraterna».
Reconociendo hoy a Jesús en las especies del pan y del vino estoy reconociendo la comunión de toda la gran familia humana.
Cuando comulgues o pase ante ti la custodia. Piensa: ahí está Cristo, como cabeza, ahí están mis hermanos y hermanas que sufren, ahí están los vivos que caminamos aún en la tierra y los difuntos que esperan, todos formando un solo cuerpo.
Gracias, papá, por haberme mostrado esta «Pangea» divina, esta unión de toda la comunidad humana dispersa que es la Eucaristía; gracias por recordarme, con santa Juliana de Lieja, que sin esta fiesta de hoy, le faltaría brillo a la Iglesia;
y gracias por enseñarme que sigues estando conmigo, sí, también ahí, junto a Cristo, en la Eucaristía, todos los días, hasta el fin del mundo. #Findelhilo